Grinch: El Cuento de Navidad como nunca te lo habían contado

Grinch


 

Basado en la novela de Charles Dickens A Christmas Carol.

Vector de la portada diseñado por Freepik.

© 2017, Rosario Vila.

Todos los derechos reservados.

 


 

UNO

Cuanto más se acercaba la hora, más ganas me daban de amorrarme al dispensador del jabón de manos para suicidarme. Lo estaba mirando de reojo mientras Bea se hacía un selfie frente al espejo del lavabo con cara de proveedora de orgasmos, fingiendo que sólo quería comunicarle a todo Facebook que seguía en la oficina. Como si a alguien le importara… El jabón era de fresa, podía ser una muerte dulce. Cualquier cosa era preferible a ir a la cena de Navidad de la empresa. Encima me había tocado hacerle el regalo del amigo invisible a Lorena, como si Lorena tuviera amigos que no lo fueran. ¿Quién iba a querer juntarse con una plasta que no sabía hablar de otra cosa que no fuera…?

1) Lo guapo que era su horroroso bebé.

Tenía dos años, pero si hubiera ido a pedir la tarjeta dorada de Renfe se la habrían dado sin pedirle el DNI. Aparentaba, como mínimo, sesenta y tres.

2) Lo maravilloso que era su robot de limpieza.

No sería tan maravilloso cuando no se la había tragado ya a ella.

3) Lo atento que era su marido.

¿Atento? Si hubiese puesto atención se habría dado cuenta de que se había casado con un murciélago. QUÉ-FEA-ERA.

—Oye, ¿te importa hacerme una foto? —me pidió Bea. Estaba sentada sobre la encimera de los lavabos. Se había retorcido con las piernas cruzadas y su postura, que pretendía ser casual, no podía ser más forzada. Para fingir que se trataba de una foto robada tenía en la cara la típica expresión de «¡Hala, tía, mira quién está ahí! ¡Acaba de entrar Pablo Alborán!». Continue reading →

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A leer se ha dicho

Las personas que leen novelas son mejores personas, según un estudio publicado en Quo:

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Así comienza ‘Y me lo quería perder’

Y me lo quería perder:Azul

Capítulo 1

Si alguien me hubiese dicho un año atrás que iba a cambiar tanto mi vida no me lo habría creído. Lo más probable es que me hubiese tirado al suelo llorando de la risa, me habría reído tanto que me hubiera meado encima. Me iba tan bien que nunca pensé que llegarían malos tiempos, ni que pasaría necesidades, y mucho menos que iba a sufrir un giro del destino como aquel. Creí que había conseguido labrarme un buen futuro, uno brillante y seguro que me pertenecía por decreto. Por eso, cuando Narváez Abogados quebró y perdí mi fabuloso trabajo, me encontré completamente perdida. Tras superar el shock inicial me di cuenta de que debía reaccionar y encontrar otra manera de subsistir. La hipoteca de mi piso, del que me sentía tan orgullosa, no se iba a pagar sola. Ni tampoco mi despreocupado ritmo de vida y mis adorables caprichos. Pero encontrar un trabajo al nivel del que había tenido me estaba siendo imposible. De hecho, no encontraba ninguno, ni siquiera uno inferior. Descubrí con horror que mi currículum, en otros tiempos tan deslumbrante, tenía el mismo valor que el prospecto de un medicamento homeopático. O con eso lo comparaba yo cuando iba a alguna de las pocas entrevistas para las que me llamaban. Leían mis logros en diagonal, como el que le echa un ojo a las contraindicaciones de un placebo, y me imaginaba que si en vez de mi currículum hubiera entregado las instrucciones de uso de unos tampones no habrían notado la diferencia. Estaba muy deprimida y asustada, después de casi un año buscando trabajo nadie me contrataba. Así que al final hice lo que siempre hacía en casos de desesperación: acudir a Teo, mi hermano.

Te he encontrado algo. Y te puedes sentir afortunada, Susana, porque la cosa está fatal —me comunicó por teléfono el día que cogí un insólito atajo hacia mi destino.

Menos mal… —exclamé, cerrando los ojos aliviada.

Mi amigo Enric tiene invertido un dinero en una empresa muy prometedora y se ha puesto en contacto con el responsable para encontrarte un hueco allí. Tienes un trabajo —me dijo, mientras oía de fondo el sonido del ajetreo del hospital.

Mi hermano es quince años mayor que yo, por lo que siempre había sido como un padre para mí y un ejemplo a seguir. Se dedicaba a arreglar fémures, clavículas y rabadillas de personas que le idolatraban. Era lo que se conoce popularmente como un traumatólogo. Y, por mucho que me esforzara, era tan perfecto que nunca le podía superar en nada. Al final me rendí y dejé de intentar llegar a su nivel de heroicidad. Tenía más que suficiente con mi trabajo en el bufete y mi luminoso, moderno y bien situado piso; con un vestidor lleno de zapatos y ropa ideal para estrenar cada día de la semana. Teniendo esos pequeños tesoros no necesitaba que nadie me dedicara un altar. El puesto vacante de Superman de la familia ya se lo había llevado Teo y, de todas formas, a mí no me sentaba bien la capa del disfraz. Tengo los hombros escurridos hacia abajo.

¿Y de qué va el trabajo? ¿Es de asesora legal, o algo así? —le pregunté con ilusión.

Algo parecido, sí. De teleoperadora —me respondió Teo.
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