Entradas de Rosario Vila

Escritora de Comedia Romántica – Chick Lit. Finalista de la 3ª edición del Concurso de Autores Indie de Amazon/El Mundo.

Un pequeño traspié

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Un pequeño traspié

Sinopsis

A Gloria le chifla su trabajo en la sección de moda de ‘Oh, my Goodness!’. Es una chica feliz y gracias a su personalidad vibrante y coqueta su labor en la revista le va como anillo al dedo. Pero el día que la envían al pase para la prensa de una película no consigue entender la trama y se queda dormida en el cine. Asustada y nerviosa por no saber cómo escribir la crítica que tiene que entregar, no se le ocurre otra cosa que hacerse con la de Diego, el periodista que ha estado sentado en la butaca junto a la suya, y su recurso desesperado resulta ser una mala solución. Gloria no se imagina cómo su error va a cambiar su alegre día a día.

Cuando Diego va en su busca para recriminárselo, una serie de incidentes tan cómicos como desesperantes comienzan a sucederse en la vida de Gloria. Parece que no existe forma humana de deshacerse de él y la bola que ha creado no para de crecer y crecer. Por si no tuviera poco, sus mejores amigos están a punto de casarse y Carolo está tan histérico con los preparativos de su boda con Armando que la poca paz mental que le queda a Gloria se la roba él. Sus continuos errores hacen que Carolo se convierta en un problema más de su larga lista, mientras que Diego, sin que Gloria se lo espere, empieza a convertirse en una parte encantadora de su vida.


Prólogo

—¿Dónde estaba usted hace un mes, tres semanas y cuatro días? —me preguntó el abogado de la acusación.

—¿En qué cayó eso? —le pregunté.

—No lo sé, dígamelo usted… —me respondió con retintín.

—En este momento no lo recuerdo, deje que lo mire en mi agenda.

—¿Por qué necesita mirarlo? ¿Acaso esconde algo?

—¡No! Es que así, de sopetón, no me sitúo en el tiempo. —Abrí mi bolso y comencé a rebuscar nerviosa en él.

—¡Culpable! —gritó una mujer del jurado que se puso de pie.

—¡Pero si ni siquiera he contestado todavía! —me quejé.

—¿Y a qué espera? —me preguntó el abogado.

—Se lo acabo de decir, necesito comprobar la fecha. —Reanudé la búsqueda de mi agenda, una que sabía que no existía, mientras unas gotitas de sudor empezaban a formarse en mi frente. Intuí que el flequillo se me iba a ondular y eso me fastidió.

—¿Por qué lleva usted un exprimidor en el bolso? ¿Qué clase de persona depravada haría algo así? —me preguntó el abogado.

—Eso no tiene ninguna relevancia para el caso. —Paré de buscar en seco y me puse erguida en mi silla del estrado.

—Permítame que sea yo quien decida qué tiene relevancia y qué no la tiene —me reprendió el juez.

El abogado comenzó a dar lentos paseos frente a mí con las manos cogidas a su espalda, me miró de medio lado y me preguntó:

—¿Dónde están los cítricos…?

—¿A qué se refiere, Señoría? —le pregunté extrañada.

—Su Señoría soy yo —me dijo molesto el juez.

—¿Por qué va usted por ahí con un exprimidor si no está en posesión de naranja alguna? —me preguntó el abogado.

Le di un par de vueltas al exprimidor en mis manos y no supe qué contestar. Pero no me pareció que ese detalle fuera tan importante, también llevaba un paraguas en el bolso y no estaba lloviendo. ¿Por qué llevaba también la…? ¿La qué? ¿La Enciclopedia de penes magistrales? ¡De quién era eso! ¡Y por qué iba cargada con ella!

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Grinch: El Cuento de Navidad como nunca te lo habían contado

Grinch


 

Basado en la novela de Charles Dickens A Christmas Carol.

Vector de la portada diseñado por Freepik.

© 2017, Rosario Vila.

Todos los derechos reservados.

 


 

UNO

Cuanto más se acercaba la hora, más ganas me daban de amorrarme al dispensador del jabón de manos para suicidarme. Lo estaba mirando de reojo mientras Bea se hacía un selfie frente al espejo del lavabo con cara de proveedora de orgasmos, fingiendo que sólo quería comunicarle a todo Facebook que seguía en la oficina. Como si a alguien le importara… El jabón era de fresa, podía ser una muerte dulce. Cualquier cosa era preferible a ir a la cena de Navidad de la empresa. Encima me había tocado hacerle el regalo del amigo invisible a Lorena, como si Lorena tuviera amigos que no lo fueran. ¿Quién iba a querer juntarse con una plasta que no sabía hablar de otra cosa que no fuera…?

1) Lo guapo que era su horroroso bebé.

Tenía dos años, pero si hubiera ido a pedir la tarjeta dorada de Renfe se la habrían dado sin pedirle el DNI. Aparentaba, como mínimo, sesenta y tres.

2) Lo maravilloso que era su robot de limpieza.

No sería tan maravilloso cuando no se la había tragado ya a ella.

3) Lo atento que era su marido.

¿Atento? Si hubiese puesto atención se habría dado cuenta de que se había casado con un murciélago. QUÉ-FEA-ERA.

—Oye, ¿te importa hacerme una foto? —me pidió Bea. Estaba sentada sobre la encimera de los lavabos. Se había retorcido con las piernas cruzadas y su postura, que pretendía ser casual, no podía ser más forzada. Para fingir que se trataba de una foto robada tenía en la cara la típica expresión de «¡Hala, tía, mira quién está ahí! ¡Acaba de entrar Pablo Alborán!». Continue reading →

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DQHD-Portada

Qué asco de humedad. Estoy, pero fatal. Esto no es vida —me dijo Reme con un brazo apoyado sobre mi mostrador. Sacudía la cabeza con la mirada perdida, como si intuyera su muerte.

Vamos, Reme, no será para tanto —la animé.

Claro, a ti los tendones del cuello no te tiran de la vejiga como a mí —me soltó ofendida.

Ni a mí ni a nadie —le informé.

Ah, ¿si? ¿Y por qué crees que he orinado de pie esta mañana? ¿Por gusto? —me preguntó—. Ni siquiera podía estirar el brazo para coger el papel higiénico, me he tenido que limpiar con el geranio de tela de la repisa —me dijo volviendo a hacerse la moribunda.

Supongo que después lo habrás tirado —le sugerí desconfiada.

¿Qué clase de guarra crees que soy? Pues claro que no he vuelto a colocarlo en su sitio. Lo he llevado al cementerio y se lo he puesto a mi suegra.

Al oír eso puse mi mano sobre su frente y le dije:

Sí, creo que tienes fiebre.

Te lo he dicho, estoy muy mal. Ahora mismo tengo una piel de pollo que no es normal. Es como si estuviera metida en un frigorífico, entre un táper de ensaladilla rusa y una sandía —se quejó frotándose los brazos.

¿Piel de pollo? Yo creo que lo que tienes es piel de lagarta —le contesté.

Reme tenía mucho cuento. No conocía a ninguna persona que tuviera más enfermedades que ella, cada día sufría una diferente. Era muy buena amiga, de las mejores que podría tener. Pero también era una hipocondríaca, una cosa no quita la otra.

Es por los antiinflamatorios que tomo para la torsión del ovario, me la dejan muy reseca. —Se rascó el brazo con la uña y lo levantó frente a mis ojos para demostrarme su teoría—. Oye, ¿sabes que hay un forastero en el pueblo? —me preguntó sonriente. Recuperó de repente la salud.

¡Hay un tío nuevo en el pueblo! —gritó Maite.

Entró asfixiada por la puerta de la tienda en ese instante. Venía sudada, como si hubiera venido corriendo desde Ceuta sin repostar. Se quedó frente al mostrador doblada hacia adelante con las manos apoyadas en las rodillas, intentando recuperar el aliento. Continue reading →