Así comienza ‘Y me lo quería perder’


Y me lo quería perder:Azul

Capítulo 1

Si alguien me hubiese dicho un año atrás que iba a cambiar tanto mi vida no me lo habría creído. Lo más probable es que me hubiese tirado al suelo llorando de la risa, me habría reído tanto que me hubiera meado encima. Me iba tan bien que nunca pensé que llegarían malos tiempos, ni que pasaría necesidades, y mucho menos que iba a sufrir un giro del destino como aquel. Creí que había conseguido labrarme un buen futuro, uno brillante y seguro que me pertenecía por decreto. Por eso, cuando Narváez Abogados quebró y perdí mi fabuloso trabajo, me encontré completamente perdida. Tras superar el shock inicial me di cuenta de que debía reaccionar y encontrar otra manera de subsistir. La hipoteca de mi piso, del que me sentía tan orgullosa, no se iba a pagar sola. Ni tampoco mi despreocupado ritmo de vida y mis adorables caprichos. Pero encontrar un trabajo al nivel del que había tenido me estaba siendo imposible. De hecho, no encontraba ninguno, ni siquiera uno inferior. Descubrí con horror que mi currículum, en otros tiempos tan deslumbrante, tenía el mismo valor que el prospecto de un medicamento homeopático. O con eso lo comparaba yo cuando iba a alguna de las pocas entrevistas para las que me llamaban. Leían mis logros en diagonal, como el que le echa un ojo a las contraindicaciones de un placebo, y me imaginaba que si en vez de mi currículum hubiera entregado las instrucciones de uso de unos tampones no habrían notado la diferencia. Estaba muy deprimida y asustada, después de casi un año buscando trabajo nadie me contrataba. Así que al final hice lo que siempre hacía en casos de desesperación: acudir a Teo, mi hermano.

Te he encontrado algo. Y te puedes sentir afortunada, Susana, porque la cosa está fatal —me comunicó por teléfono el día que cogí un insólito atajo hacia mi destino.

Menos mal… —exclamé, cerrando los ojos aliviada.

Mi amigo Enric tiene invertido un dinero en una empresa muy prometedora y se ha puesto en contacto con el responsable para encontrarte un hueco allí. Tienes un trabajo —me dijo, mientras oía de fondo el sonido del ajetreo del hospital.

Mi hermano es quince años mayor que yo, por lo que siempre había sido como un padre para mí y un ejemplo a seguir. Se dedicaba a arreglar fémures, clavículas y rabadillas de personas que le idolatraban. Era lo que se conoce popularmente como un traumatólogo. Y, por mucho que me esforzara, era tan perfecto que nunca le podía superar en nada. Al final me rendí y dejé de intentar llegar a su nivel de heroicidad. Tenía más que suficiente con mi trabajo en el bufete y mi luminoso, moderno y bien situado piso; con un vestidor lleno de zapatos y ropa ideal para estrenar cada día de la semana. Teniendo esos pequeños tesoros no necesitaba que nadie me dedicara un altar. El puesto vacante de Superman de la familia ya se lo había llevado Teo y, de todas formas, a mí no me sentaba bien la capa del disfraz. Tengo los hombros escurridos hacia abajo.

¿Y de qué va el trabajo? ¿Es de asesora legal, o algo así? —le pregunté con ilusión.

Algo parecido, sí. De teleoperadora —me respondió Teo.

¿¡Qué!? —exclamé sorprendida.

Oí en mi cabeza la palabra ‘teleoperadora’ como si tuviera eco: teleoperadooora, teleoperadooora, teleoperadooora… Me tenía que estar gastando una broma. No era posible que mi hermano creyera que, con mi carrera, ese era un trabajo para mí.

No está tan mal. Piensa que es una empresa joven con vistas de expansión. Del estilo de Apple, pero a pequeña escala. Sigue el sistema de trabajo de Google. Lo conoces, ¿verdad? Está basado en esa filosofía que defiende que el trabajador es más productivo si está a gusto en la empresa. Tiene hasta una sala de juegos y un solarium exterior para los empleados, allí estarás bien —me explicó Teo como si aquello fuera un chollo, el trabajo de mi vida.

Pero, ¿qué me estás diciendo? Tengo una lámpara facial de rayos UVA en casa, no necesito trabajar de teleoperadora para tomar el sol. ¡Lo que necesito es dinero! —le grité sin creerme lo que acababa de oír.

¿De qué casa me hablas? ¿De la que te va a quitar el banco? —me preguntó.

Eso me dolió. Muchísimo. Pero, en lugar de insultar a mi hermano para vengarme de él, le argumenté:

Si acepto ese trabajo el banco me la va a quitar igualmente. ¿Cuánto me van a pagar? ¿Mil trescientos? ¿Mil cien? ¡Entre la hipoteca y los demás gastos no me va a llegar ni para comer! —me quejé angustiada.

¿Mil trescientos? Con suerte te pagarán ochocientos, no te vengas tan arriba —me dijo Teo.

¿Lo ves? Tú mismo me lo estás diciendo, no puedo aceptar ese trabajo —le dije convencida—. ¿No tienen un puesto mejor? No sé… Si es una empresa tan prometedora, tendrán otros puestos que vayan mejor con mi perfil —le comenté.

¿Sabes desarrollar una App? —me preguntó Teo.

No —le contesté.

¿Conoces el funcionamiento interno de una tablet?

¡No! —le respondí molesta.

¿Podrías diferenciar un Ghost Push de un Lockerpin? —me continuó preguntando.

¿Eso qué es? ¿Un consolador anal? ¡Te lo estás inventando! —le acusé. Aunque tiempo después descubrí que eran nombres de virus de Android. Qué asco de hombre, entendía de todo.

En cualquier caso, mi ilusión de unos minutos antes se había convertido de nuevo en desesperación. Mi hermano tampoco iba a ayudarme —o no como yo quería— y estaba a punto de convertirme en una fracasada que iba a perder todo lo que había conseguido en la vida. Sabía que había mucha gente en mi situación, pero eso no me consolaba. La mía la estaba viviendo solamente yo. Y no se trataba sólo de no querer vivir peor de lo que estaba acostumbrada, se me estaban acabando los pocos ahorros que tenía y el subsidio por desempleo. No veía salida a mi problema.

Escucha, Susana, tómatelo como algo circunstancial. Hay mucha gente que lo está pasando mal y se tienen que adaptar a lo que hay. Tú no tienes por qué ser diferente, no eres especial. Coge ese trabajo y cuando la economía mejore a ti también te irá mejor —me aconsejó Teo.

Oír de boca de mi hermano que lo que me estaba pasando era algo pasajero me consoló ligeramente. Si lo decía Superman, debía ser verdad. Pero tampoco tenía otra alternativa que tomarme el tema con resignación. De modo que, después de unos instantes de angustioso silencio, hice de tripas corazón, y con un sentimiento muy grande de frustración me abandoné a la triste realidad.

¿Cómo me las voy a apañar para mantenerme? No me va a llegar para nada con el sueldo de ese trabajo. Tengo más gastos de lo que voy a cobrar, sólo la comunidad de mi edificio ya es un dineral —le dije sollozando.

Lo sé. Tendrás que ser creativa. Alquila tu casa y paga la hipoteca con eso mientras no tengas otro recurso. Guille y su amigo están buscando un compañero de piso, hablaré con él para que te alquilen la habitación que tienen libre —se ofreció mi hermano.

¿Cómo…?

¿Irme a vivir con mi sobrino Guille y su amigo…?

¿¡Dos universitarios atontados perdidos que compartían un piso que olía a choto!?

Pero a choto muerto hacía un mes, así de mal olía su casa cuando se quitaban las zapatillas de deporte. Mi hermano debía de odiarme a muerte, me parecía estar viviendo una pesadilla. O en una película de Lars Von Trier, no sabía qué era peor.

Después de mucho discutir el asunto con mi hermano, no tuve más remedio que admitir que las soluciones que me estaba dando eran la mejor opción. Mi única opción. Incluida su sugerencia de mudarme al piso de estudiantes de mi sobrino. Teo podía prestarme dinero, sí. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Y cómo se lo iba a devolver en el plan que estaba? Mi hermano no me iba a pagar eternamente mi casa, ni era un remedio que me fuera a vivir un tiempo a la suya. Eso no iba a solucionar los problemas económicos que se me venían encima. Debía aprovechar la oportunidad que me ofrecía, por mucho que me doliera bajar tantos escalones laborales. De lo malo también podían surgir cosas buenas, según me dijo él. Sin embargo, el día que comencé a trabajar en Pear Soft no conseguí verlo así. Como tampoco vi que mi corazón estaba a punto de sufrir un desastre natural, de la manera más imprevista y contradictoria.


Capítulo 2

Dejar mi piso y mudarme a uno de estudiantes fue lo más duro por lo que tuve que pasar en mi vida, no había llorado tanto desde que me enteré de que Matt Bomer es homosexual. Cuando metí en una caja mi último par de zapatos me tiré en el suelo de mi vestidor y me puse a llorar como si me hubieran comunicado que tenía una enfermedad terminal. No sabía dónde iba a meter tantas cosas. Por suerte, mi piso se había alquilado enseguida. Con la crisis y la escasez de préstamos para comprar viviendas prácticamente me lo quitaron de las manos. Se lo alquilé a un bróker quien, además de dedicarse a comprar y vender acciones, me pareció que era un depredador sexual. Una de dos, o realmente lo era, o yo llevaba algo pegado en el culo el día que le conocí y no se atrevía a decírmelo. La verdad es que lo elegí a él sólo porque era guapo, un tío bien vestido y con carisma. Pero, la primera noche que pasé en mi abarrotada habitación estudiantil, me arrepentí. No podía dormir pensando en quién habría podido meter en mi cama, y casi vomito al imaginarme a dos mellizas de tetas como melones, vestidas de látex y haciéndole a mi inquilino un masaje con final feliz. Con aceite de coco, con el asco que me daba. Tuve que levantarme y asomar la cabeza por la ventana para que me diera el aire, pero mi habitación estaba encima de un bar que olía a fritanga y al final vomité igualmente.

Después de tres semanas de un curso de formación que Pear Soft me obligó a hacer —y que me tomé a guasa porque me parecía de lo más tonto— llegó mi vuelta al mundo laboral. Aquella mañana me levanté sin haber podido pegar ojo, estuve toda la noche lamentándome de mi desgracia, y al entrar en la cocina para hacerme un café me encontré con Nacho: mi joven y atontado compañero de piso.

¿Qué pasa, tía Susana? —me saludó haciéndose el chulo, con un batido de fresa en la mano.

¿Tía Susana? ¿Es que te ha adoptado mi hermano? —le pregunté de manera retórica.

No hace falta, las tías de Guille son también mis tías —me contestó mirándome con deseo.

¿Es que no tienes familia propia? ¿Te abandonaron al nacer? —le dije mirándole de arriba a abajo.

Tengo unas cuantas tías, pero ninguna está tan buena como tú —me respondió haciéndose el seductor.

No me hizo gracia que se tomara esas confianzas conmigo. Ahora íbamos a vernos demasiado a menudo y no me apetecía tener ese grado de complicidad con él. Así que me acerqué lentamente hasta donde estaba, junto al fregadero, y le dije:

Dejemos una cosa clara, ¿vale? No sé si la puedes ver, pero alrededor de mí hay una valla electrificada a la que no te aconsejo que te acerques… Como te pille oliendo mis bragas o mirando por debajo de la puerta mientras me depilo las ingles, lo vas a pasar muy mal. He metido a preescolares en el corredor de la muerte por menos de eso —concluí bajando la voz, cogiéndole del cuello de su jersey con mi cara muy cerca de la suya.

Vale —me contestó Nacho, con una ridícula vocecilla.

En España no existe la pena de muerte, tía. Todo el mundo lo sabe —me dijo mi sobrino Guille, entrando por la puerta de la cocina en ese momento. 

¡Tú te callas! Eres tan enterado como tu padre —le respondí, fastidiada porque hubiera arruinado mi numerito de abogada chunga—. ¡Y tú, aféitate ese bigote! No vas a comerte un rosco en tu vida con esa pelusa que tienes debajo de la nariz —le dije a Nacho.

Eso le hizo gracia a Guille y, al verle reír con tantas ganas, me entró un poco la risa a mí también. Pero la escondí para hacerme respetar.

No tiene gracia, yo no elijo la calidad de mi vello —nos dijo Nacho ofendido.

¿Seguro que es vello? Parece pintado a lápiz —le dijo Guille.

Habrá estado esnifando pelusas debajo de su cama —le dije a mi sobrino.

Me tapé un agujero de la nariz con el dedo y puse cara de idiota para recrearle los hechos.

¡Ya no eres mi tía! —me dijo Nacho indignado.

En el fondo me supo un poco mal hablarles así, pero debía hacerme valer. No podía permitir que dos chavales de diecinueve años me tomaran por una de sus amigas de la universidad. Tenía que ponerles unos límites, que estuviéramos compartiendo piso no quería decir que yo fuera una de ellos. Además, estaba de mal humor por tener que ir a trabajar a ese sitio, y también deprimida porque ya no tenía la intimidad de mi casa. Me sentía incómoda allí. Me daba rabia tener que pagar mi parte del alquiler cuando la de mi sobrino la pagaba mi hermano y la de Nacho su familia, estaba muerta de envidia.

Mi padre me ha contado que vas a trabajar de teleoperadora —me comentó Guille.

Eso parece —le respondí, con la vista clavada en mi taza de café.

¿No eras abogada? Pues no sé de qué mierda te ha servido estudiar —me dijo Nacho, sentándose en la mesa junto a Guille.

¡Tché! —le advertí levantando un dedo, a lo que Nacho reaccionó echándose asustado hacia atrás—. ¿Cómo os va en la universidad? ¿Os gusta lo que estudiáis? —les pregunté sentándome con ellos, sin dejar de mirarles amenazante. Mi sobrino era tan respondón como yo, así que no quería quitarle el ojo de encima, por si necesitaba contraatacar.

No está mal. Hay tías por todas partes y luego está lo de vivir solo, es una suerte tener todo esto para nosotros —dijo Nacho, abriendo los brazos y mirando satisfecho a su alrededor.

Psí, no está nada mal. Cada día le doy gracias a la vida porque la universidad estuviera tan lejos de mi casa —dijo Guille asintiendo complacido.

Mis padres están divorciados y el sentimiento de culpa aumenta la generosidad hacia los hijos. Yo también tengo mucho que agradecerle al universo —dijo Nacho con una sonrisa perversa. La cual, le quedó bastante ridícula a causa de la pelusa que tenía por bigote. Parecía el filtro de un aspirador. Supongo que debía tener algún retraso hormonal.

Aunque, con lo que no contábamos, era contigo. ¿No estarás aquí como una especie de micrófono secreto? —me preguntó Guille con desconfianza.

Sí, lo tuyo nos parece un poco raro. No es normal en alguien de tu edad —me dijo Nacho.

¿El qué no es normal? —les pregunté arrugando la frente.

Venga, no te hagas la tonta. ¿Una abogada sin un duro que se va a vivir con dos tíos diez años menores que ella? ¿Y que va a trabajar de…? ¿¡Teleoperadora!? Algo no me cuadra —me insinuó Nacho.

En efecto. Si no fueras mi tía, sospecharía de tus intenciones —me dijo Guille entornando los ojos.

Él y Nacho apoyaron los brazos sobre la mesa y se me quedaron mirando fijamente, esperando mi confesión. Me gustaría haberles soltado alguna rápida y mortal, pero que me recordaran que no tenía un duro y que me había tenido que ir a vivir con dos críos me había dolido. Tenían razón, lo mío no era normal. Se me hizo un nudo en la garganta que no me dejó contestar.

¿Estás bien? —me preguntó Guille, al notar que algo en mí andaba mal.

Sí, te has quedado rara —me dijo Nacho.

Más raro eres tú, so imberbe —le contesté poniéndome erguida. Seria, pero aguantando las lágrimas.

¿No estarás embarazada? —me preguntó Guille.

¿Qué? —exclamé poniendo cara de asco.

¿Por qué no ibas a estarlo? ¿No te acuestas con nadie? —me preguntó Nacho.

A ti qué te importa —le respondí.

¿No serás lesbiana? —me preguntó mi sobrino.

¿Cómo? —dije asombrada.

Mi madre siempre dice que mi padre es homosexual —dijo Nacho.

Yo también tengo una pregunta para vosotros, ¿¡sois idiotas!? —les dije poniéndome en pie furiosa, quedándome unos instantes allí mirándolos.

La diferencia de edad entre mi sobrino y yo era un problema en más de un sentido. Yo era lo suficientemente joven para que no me tuviera respeto y lo suficientemente mayor para que entre nosotros existiera una brecha generacional. Teníamos una relación extraña, sólo como tía y sobrino cuando su padre estaba delante. Y la culpa la tuve yo, porque cuando nació no pude evitar verle como una cosa con la que jugar. Si mi hermano no me lo hubiera quitado de las manos en una ocasión lo habría tirado por la ventana para ver si volaba.

Salí de la cocina con mucha decisión, deseosa de estar a solas para ponerme a llorar. Seguía sin creerme lo que me estaba pasando. Y darme cuenta de que vivía con dos chavales que todavía no alcanzaban a entenderlo, y que tampoco tenían por qué hacerlo porque estaban en edad de divertirse, me bajó la moral hasta límites insospechados.

¿Qué hemos dicho? —oí a Nacho preguntarle a Guille, mientras me alejaba por el pasillo.

No lo sé. Pero esto no me gusta nada… —le contestó Guille.

Ya tío, a mí tampoco —dijo Nacho.

Me costó tanto hacerme a la idea de que en un rato tendría un auricular con micrófono implantado en la cabeza que apuré hasta el último segundo dando vueltas alrededor de la manzana en la que estaba Pear Soft. Me recordé en mi despacho de Narváez abogados, ajena, en aquel feliz entonces, a todo lo que se me venía encima, y me pregunté cómo era posible que no hubiera recibido el mensaje de un viajero del futuro advirtiéndome de ello. Me sentía estafada por la vida y por Michael J. Fox. Lo único por lo que respiraba entonces era para intentar subsistir, y eso no me parecía normal. Pero seguir quejándome no iba a cambiar nada. Así que, finalmente, dejé de dar vueltas y paré en la puerta de mi nuevo trabajo. Cerré los ojos por unos instantes, cogí aire, sacudí las manos a los lados de mis caderas y me decidí a entrar.

La primera impresión del lugar no fue tan mala. Era un espacio con paredes de cristal por las que entraba mucha luz, con un mobiliario de colores chillones que hacía que el lugar transmitiera positividad. En la pared de la recepción había un gran cartel con el logotipo de Pear Soft: una pera verde lima a la que le habían dado un mordisco que me recordaba demasiado al logo de Apple. Y en vez de un mostrador, lo que ocupaba la recepcionista era un pupitre al más puro estilo de Ikea. A pesar del colorido, el sitio no se veía recargado, la luz y el hecho de que apenas había muros daba sensación de amplitud. Me tranquilizó no sentir claustrofobia, me imaginaba Pear Soft bastante peor.

Soy Susana, la nueva teleoperadora —le dije a la recepcionista.

¡Vale! —me respondió, en un tono simpático pero sin ni siquiera mirarme.

Se levantó de su silla fucsia forrada de pelo y me hizo una señal con la mano para que la siguiera. Me llevó hasta un rincón donde había cuatro chicas sentadas frente a cuatro ordenadores, junto a una pared de cristal que daba a una especie de patio plantado con césped, y entonces le dijo a una de ellas:

Flor, es Susana, la nueva compañera.

¡Oh, siéntate! —me dijo la tal Flor, señalando la silla contigua vacía frente a un ordenar apagado—. ¡Qué tal! —me saludó con una sonrisa de oreja a oreja.

Bien —le mentí.

Esto es muy sencillo, Susi. Espero que no te importe que te llame Susi —me dijo poniendo su mano sobre mi antebrazo—. En el curso te habrás dado cuenta de que lo único que tienes que hacer es resolver pequeñas incidencias. Ser simpática, educada y transmitir la imagen de la empresa. O sea, mostrarte competente pero juvenil. Los problemas más complicados los derivamos a los expertos en la materia —me explicó muy pizpireta, sin borrar la sonrisa de su cara.

Me la quedé mirando en silencio más rato de lo que sería educado, porque mepareció un poco rara. Tenía los ojos muy abiertos y una sonrisa permanente por la que le asomaban los dientes de arriba, clavándoselos en el labio inferior. Era como una de esas muñecas que te hacen gracia porque en realidad son feas. No es que quiera meterme con la pobre chica, pero la verdad es que Flor era poco agraciada.

Entiendo —le contesté sin ganas.

Uy, pues yo creo que no. La tuya no es la actitud de Pear Soft —me dijo meneando la cabeza, haciendo que se le moviera muy rápido su cola de caballo—. Te voy a presentar a las demás para que te vayas haciendo. Esta de aquí es Marta —me indicó señalándola contenta.

¡Hola! —me dijo la tal Marta, tecleando a toda pastilla en su ordenador.

La siguiente de la fila es Patri, y la que le sigue Bea —me dijo Flor súper feliz.

¡Encantada! —me saludó Patri, asomando rápidamente la cabeza por la espalda de Marta. Pero lo hizo con tanta energía que se le volcó la silla hacia atrás, llevándose el teclado con ella y formando un gran estruendo.

¿Estás bien? —le pregunté preocupada.

¡Sí, ha sido por la fuerza de la gravedad! —me respondió tan contenta.

Eso me hizo pensar que no era la primera vez que se caía. Debía haberse golpeado muchas veces. En la cabeza.

¿Ha intentado cargar la tablet? Si no tiene batería es difícil que usted pueda ver en la pantalla lo que escribe. Sí, tiene un cable para enchufarla a la corriente. Eso es, en el mismo sitio en el que tiene enchufado el anti-mosquitos. No le cabrá, primero debe desenchufar eso tan tóxico. No se preocupe, los mosquitos hibernan. Sí, igual que los osos. No le picarán —le estaba explicando Bea a alguien a través de su micrófono—. Bienvenida —me dijo después a mí bajito, tapándoselo para que el cliente no la oyera.

Gracias —dije sólo por educación.

Estaba tan amargada que la alegría y la amabilidad de mis nuevas compañeras me molestaba. No entendía qué motivos podían tener para sentirse así de bien.

Bueno, pues enciende tu ordenador y ponte los auriculares. ¡Ya eres parte de Pear Soft! —me dijo Flor.

De mala gana, hice lo que me indicó, y después me quedé observando en silencio a mis nuevas compañeras. Primero me fijé en Marta: una chica gordita de mofletes colorados, en falda corta y con botas altas de charol. Y continué mi inspección en el orden de la fila, sintiéndome más que fuera de lugar. Patri parecía una imitadora de Marylin Monroe que imitaba a una imitadora de Marylin Monroe; con el pelo teñido de rubio platino y los labios pintados de rojo. Y Bea era la deportista pasota; con sus pantalones de chándal y su top azul eléctrico, mascando chicle con plena dedicación. Pero, curiosamente, la que se sentía un alien entre ellas era yo. Me había puesto lo que solía llevar en Narváez abogados, y mi falda de tubo no me permitía cruzar a gusto las piernas porque la mesa de trabajo era demasiado baja para mí. Cada vez que lo hacía el tacón alto de mis zapatos se me enganchaba en las medias por la parte de la espinilla. Estaba temiendo que se me iba a hacer una carrera y eso me tenía intranquila.

© 2017, Rosario Vila.


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