Extracto de ‘Patas arriba’


PatasArriba_OK

“Con lo que yo no había contado cuando me maravillé con esa foto preciosa de Fred, era el viaje tan pesado que había que hacer para llegar. Ni que yo no estaba en el estado, lo que se dice, idóneo, para ese trajín. Para empezar, el vuelo hasta Oslo fue interminable; tuve que ir apretada entre un señor de más de ciento treinta kilos y una mujer con veinte capas de ropa que hablaba sola. No sé qué era lo que decía, porque no hablaba en español, y me empezó a dar miedo que en Noruega no hubiera tanta gente que hablara inglés como siempre se había dicho. ¿Cómo me iba a hacer entender allí si al final resultaba que no era así? Me tendría que pasar el día hablando con mi dedo índice, al que me entretuve en dibujarle una cara durante el vuelo, por si acaso. Le puse unos ojitos con pestañas y una boca abierta de sorpresa, además de una melena, un collar y unas manitas levantadas. Le llamé Camilla Amundsen Vilhjalmsson sin saber cómo se pronunciaba, pero me sonó bien. Nadie me podría decir que no me estaba integrando en la sociedad escandinava. Aunque lo peor del trayecto por aire no fue que me sintiera como si fuera una salchicha de cóctel envasada al vacío, entre una morcilla y una butifarra. Ni que fuera sentada al lado de una mujer que estaba peor de la cabeza que yo. Fue cuando me di cuenta de que me había dejado mis ansiolíticos sobre la mesa de mi salón y, al pensar que sin ellos estaba vendida, me asusté y comenzó a darme un ataque de ansiedad.
Como unos días atrás, empezó a faltarme el aire. Me solté el cinturón de seguridad de malas maneras, con mucha dificultad, y al conseguir abrirlo lo hice con tanta energía que le di un fuerte manotazo a la mujer de al lado.
—¡Kødd! —exclamó.
¿Me ha llamado ‘bacalao’?, pensé extrañada. Por lo de que ‘cod’ es ‘bacalao’ en inglés. Pero más tarde me enteré de que ‘kødd’ significa ‘idiota’ en noruego. Y si lo llego a saber en ese momento, se hubiera enterado la loca esa.
—¿Me deja pasar? —le pregunté hiperventilando al señor enorme del lado del pasillo, deseosa de sentirme libre.
Pero estaba dormido y no se enteró, así que me giré hacia él en el poco espacio que tenía y le di unas palmaditas en el brazo.
—Señor, ¿me deja pasar? —le volví a preguntar.
Estaba escurrido hacia abajo, y una sola pierna suya era el equivalente a dos becarios, un conductor de autobuses y medio funcionario de Correos, por lo que se me hacía muy difícil pasar sin que él se moviera.
—¡Señor! —le grité meneándome torpemente en mi asiento, con los codos pegados a los costados.
Pero él siguió sin contestar. Así que le empujé con un esfuerzo sobrehumano para tener vía libre, sin darme cuenta de que el señor tenía el reposabrazos del lado del pasillo levantado. Y entonces se ladeó lentamente cayendo al suelo como una saco de patatas, quedándose tirado de lado en el pasillo con el culo al aire.
—¡Uy! ¡Lo siento! —me disculpé asombrada, poniéndome las manos sobre las mejillas.
Sin embargo, todavía no obtuve contestación por su parte. Únicamente, una panorámica de la separación de su peludo culo.
—¡Oiga! —le grité al oído agachada sobre él—. ¿¡Me oye!? —añadí con las manos a los lados de mi boca, a modo de megáfono.
—Parece que no —me dijo un señor desde los asientos contiguos.
—¡Sólo quería disculparme! ¡Paso por encima! ¿Eh? —le grité al señor del suelo, loca por meterme en el lavabo.
Necesitaba relajarme allí dentro, sin que nadie me viera haciendo aspavientos y ruidos agónicos para poder respirar.
—¡Ese hombre está muerto! —dijo una mujer asustada mirando hacia atrás, sacando la cabeza desde su asiento.
—¡Herregud! —gritó alguien más por ahí.
—¿¡Qué!? —exclamé ojiplática.
Durante todo ese rato previo, estaba tan nerviosa y centrada en mí misma que ni por un segundo caí en que lo de ese hombre no era normal. Pensé que estaba como un tronco, que quizá se había pasado con la bebida y que por eso no había quien lo despertara. Pero jamás me hubiera imaginado que estaba muñeco. Pensaba que la única que tenía probabilidades de morir en ese avión era yo. Aunque sólo fuera en mi imaginación.
—¿Qué le ha pasado? —dijo una azafata acercándose rápidamente.
—¡Que está muerto! —le grité al borde de un ataque de nervios, otra vez…
—¡No! —gritó ella horrorizada.
—¡Sí! —le grité yo, agarrándola por el chaleco y sacudiéndola hacia adelante y hacia atrás.
—¡No! ¡NO! —gritó la azafata cayendo de rodillas al suelo, poniéndose a llorar.
—¿Le conocías? —le preguntó asombrada una mujer.
—¡Por qué me ha tenido que tocar a mí! ¡¡¡Qué asco, un muerto!!! —gritó la azafata.
—¿Qué pasa? —dijo otra azafata, corriendo hacia nosotros por el pasillo.
—Míralo. ¿Tú te crees? —le contestó la otra con fastidio.
—¿Está tieso? —le preguntó su compañera.
—¡Yo qué sé! ¡Tócalo tú, a mí me da grima! —le respondió la primera en aparecer.
—Parece que está frío… —dijo su compañera, tocándolo con un palo de selfie que le acababa de quitar a un chico sentado por allí cerca.
—¡Pero qué os pasa! —les grité llorosa a las dos.
No me podía creer lo que estaba viendo. ¿Y se suponía que la tripulación del avión estaba entrenada para una emergencia? ¿Qué pasaría si a mí me acababa dando otro ataque de pánico, como el que me dio en MarketIN? ¿Me encerrarían en el armario donde guardaban las patatas fritas? ¿Me atarían a una de las alas del avión? ¿Me tirarían en paracaídas con una nota pegada a la frente, para que me ayudara quien me encontrase? Probablemente, un cabrero belga en zuecos, porque sobrevolábamos esa zona más o menos.
Viendo que ninguna de las dos hacía nada, me agaché y le puse los dedos en el cuello al inmóvil señor. No tenía ni idea de dónde estaba la vena esa tan famosa, o si no la encontraba porque su corazón no latía, pero seguí palpando por no quedarme de brazos cruzados, como si fuera una experta cardióloga.
—¿Sientes algo? —me preguntó una de las azafatas, de rodillas en el suelo conmigo y con su compañera, junto al difunto.
—Sí, siento un chicle pegado en mi rodilla. Además de muchas ganas de abofetearte la cara —le contesté mirándola fijamente.
—¡Quién ha tirado un chicle al suelo! —preguntó la otra poniéndose erguida y observando a su alrededor, para encontrar al culpable.
—¡Por el amor de Dios, pero avisad al capitán! —dijo un hombre levantándose de su asiento y uniéndose a nosotras.
Ese buen hombre y yo comenzamos a darle tortazos en la cara al muerto, hasta que se le puso colorada como un pimiento. De los de color rojo intenso. Pero él no reaccionaba, probablemente porque ya estaba saludando a San Pedro. Después de comprobar el poco éxito de nuestra técnica para hacerle resucitar, ya no sabíamos qué más hacer, pero entonces la loca de los veinte abrigos me lanzó un espejito de bolso dándome con él en la cabeza.
—¡Qué haces, pedazo de loca! —le insulté dolorida, como si yo estuviera muy cuerda.
—Pon nariz —me respondió ella señalándose la suya.
Confundida, recogí el espejo del suelo, sin entender a qué se refería. Pero entonces caí en lo que pretendía y le puse el espejo al cadáver bajo las fosas nasales.
—¡Creo que respira! —dije ilusionada, observando la nube de vaho que se había formado en el espejo.
—Sí, creo que sí —dijo el hombre que se había unido a mí, con dos dedos sobre un lado del cuello del difunto.
—Como habrán comprobado, tenemos un problema a bordo. De modo que nos vemos obligados a efectuar un aterrizaje de emergencia en Amsterdam. Vuelvan a sus asientos y abróchense los cinturones, en un momento comenzamos a descender —nos informó el piloto por los altavoces.
—Gracias —le dije arrepentida a la mujer que yo creía que estaba como un sonajero.
—Kødd —me respondió ella.
Al volver a mi asiento, resoplé aliviada porque parecía que todo iba a acabar bien para el muerto. Me abroché mi cinturón de seguridad agotada, como si hubiese corrido una maratón, y me di cuenta de que debido a lo que acababa de pasar se me había olvidado por completo mi ataque de ansiedad. Pensar en ayudar a otra persona en vez de a mí misma me fue genial, cerca de mí había alguien que tenía un problema mucho más urgente de solucionar y grave que el mío. Y eso me hizo ignorar mi estado y hacer lo que debía hacer. En ese momento, pensé que mi recuperación estaba a punto de empezar.”.

© Rosario Vila
CONSIGUE LA HISTORIA COMPLETA AQUÍ 

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