Primer capítulo de ‘Makeup Girl’


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A la venta en todas las plataformas de Amazon.

Cuando abrí Lola Glamour, mi tienda de productos de maquillaje, pensé que había triunfado en la vida. Yo, Lola Lozano, la chica con menos empuje y más soñadora de la Vía Láctea, le había demostrado al mundo lo que valía. Como fanática extremista de los cosméticos siempre había querido vivir rodeada de sombras de ojos, máscaras de pestañas y polvos compactos. Además de tener la posibilidad de probar todo eso antes que nadie, faltaría más. Acertar con los tonos y las texturas que le van bien a tu piel dice mucho de la inteligencia de una chica, lo dicen todas las revistas de belleza. De modo que, después de dejar atrás mi triste puesto como administrativa en Glossy Look y de abrir mi propio negocio, sentí que había tomado las riendas de mi vida. Que me había convertido en una chica emprendedora y valiente. Sin embargo, el paso del tiempo me ha demostrado lo equivocada que estaba. Mi maravilloso oasis de glamour, que con tanta ilusión creé, no funciona tan bien como esperaba, y las facturas sin pagar que se me acumulan en el cajón están haciendo resurgir en mí mi innata inseguridad. La cabra siempre tira al monte. En mi caso, una cabra recién exfoliada. Me lo hice ayer. Oh… ¿Una cabra puede exfoliarse? ¿Es eso posible? Bueno, seguro que sí, porque hay fabricantes que prueban sus productos con animales. Vaya, qué suerte, lo que daría yo por ser una cabra y haber sido la primera en ponerme la barra de labios ultra-brillante Sexy Little Rabbit, o la laca de uñas de secado extra-rápido Breathtaking Bitch. Las cabras no saben lo afortunadas que son. Claro, que una cabra no podría tener un novio tan maravilloso como el mío, así que tampoco las envidio tanto.

¿Tienes algo que borre las pequeñas imperfecciones?

¿Eh? –respondo distraída desde el mostrador a mi única clienta de la tarde.

Veamos, supongo que sí lo hay. Lo de esta chica lo debe arreglar una operación de cirugía estética, unas carillas de porcelana y una peluca. Pero seguro que le saldría más barato comprarse un pasamontañas.

Claro. Todas esas bases de maquillaje de ahí son mano de santo. Concretamente, de San Maks Factor –le digo taconeando hacia ella con una amable sonrisa, dispuesta a ayudarla en su desgracia.

Caray, qué caras son –dice arrugando su peludo labio superior mientras observa los precios de los productos que le estoy enseñando.

Es la primera vez que veo a una mujer con un bigote imperial, así que, por más que lo intento, no puedo apartar la vista de ese punto de su cara. Oh, por favor… ¿Se está moviendo solo? ¿¡Está vivo!?

¿Que son caras? –le pregunto intentando mantener mi sonrisa–. Están muy bien de precio, considerando lo efectivas que son.

No sé, no sé… –dice ella indecisa, moviendo la boca de un lado a otro en señal de duda.

Lo que hace que el vello que tiene ahí parezca más espabilado, creo que podría tratarse de una mascota bien adiestrada. ¿Me está saludando? ¡Por favor, qué miedo!

No dudes en llevarte una de estas bases, estarás preciosa –le digo para animarla a comprar, aunque retirándome un poco de ella con aprensión.

Bueno. Me lo pensaré, ya vendré otro día –me dice después de pensárselo un par de minutos más.

Sí, eso. Vete con tu bigote a otra parte, que en la puerta pone muy claramente que no se puede entrar con perros, y sospecho que es eso mismo lo que tienes debajo de la nariz. Tacaña…

¡Si compras una sombra de ojos te regalo unas pinzas de depilar! –le digo como último recurso mientras la chica se dirige hacia la puerta.

¡Gracias, pero no las necesito! A mí casi no me sale vello –me responde diciéndome adiós con la mano.

¿Cómo? Si ese bigote podría sacarlo a pasear con una correa y un bozal. Qué felices viven algunas en la ignorancia. Pues nada, otra que se va sin comprar. ¿De qué hablaba antes? Era algo sobre una cabra… Ah, no, era de Marcos.

A pesar de la tristeza y del estado de ansiedad crónico que me provoca el futuro de mi tienda, tengo una relación de pareja con él que me hace muy feliz, aunque algo complicada debido a la distancia. Nuestros trabajos sólo nos permiten vernos los fines de semana, cuando Marcos viaja de Madrid a Barcelona para pasarlos conmigo. Pero después de más de un año juntos ya le estamos empezando a dar vueltas a esta situación para intentar solucionarla. El problema es que no quiero renunciar a mi sueño, Lola Glamour, necesito luchar por mi negocio hasta el final. Supongo que no hace falta que diga que le tengo mucho apego porque es lo único de valía que, a mi parecer, he conseguido en la vida. Por mis propios méritos, que no son muchos. Y Marcos tampoco quiere dejar su puesto como director de publicidad en Glossy Look, algo que me parece bastante comprensible. Si yo tuviera un trabajo como el suyo tampoco querría dejarlo, así que el tema está complicado.

Oh, entra alguien… Sí… sí… No te vayas, pasa… ¡¡¡Bien!!!

Bah, es mi hermana. Qué manera más desconsiderada de robarme la ilusión, tenía la esperanza de vender algo. Por cierto, esa crema con efecto iluminador que me he puesto esta mañana es maravillosa, parezco una luciérnaga. A ver, ¿y si apago la luz…? Ah, pues tampoco brillo tanto.

¡Hola, tía Lola! –me dice Vera con su voz de ratoncilla, dando brincos hacia mí y provocando con ello que las gafas y la coleta le boten por el camino.

¡Vera! –le digo intentando disimular mi desilusión.

No es que no me alegre de ver a mi sobrina, ni mucho menos, lo que no me alegra es saber que mi caja registradora está hoy todavía vacía. A este ritmo agonizante no voy a poder pagarme ni el alquiler, y eso que comparto piso.

Le he metido sus pastillas para la alergia en el bolsillo de la mochila –me dice mi hermana.

Ah. Qué bien, Violeta –le respondo extrañada.

¿Por qué me cuenta eso a mí?

Sí, están junto a mi biografía de Kafka. Ay… qué vida tan interesante la suya –me dice Vera suspirando–. Deberías leerla, tía Lola. Es increíble la de personajes importantes que nos ha dado el pueblo judío, ¿no crees?

Erm… Sip –le respondo.

Si quieres sentirte como una completa analfabeta, cómprate una sobrina de siete años como la mía. Si es que la encuentras, claro. ¿Quién es Kafka? ¿Y cómo es posible que yo comparta ADN con alguien tan inteligente como Vera? Debieron de cambiársela en el hospital a mi hermana al nacer. En algún lugar de esta ciudad debe haber una niña con pestañas postizas y los labios pintados de rojo Nymphomaniac Passion, igualita que yo. No… ¡Mi sobrina! ¡Sangre de mi sangre! ¡Dónde estará!

Tía Lola, creo que estaremos de acuerdo en que no volverá a haber otro como él. Kafka es leyenda –me dice Vera con una expresión de admiración en su cara.

Bueno, Vera, es posible. Pero en realidad no sabría decirte si es tan buen actor, yo no entiendo mucho de cine polaco –le contesto mientras juego con su coleta.

Hm… No sabes quién es Kafka, ¿verdad? –me pregunta ella mirándome de medio lado.

¿Qué? Claro que sí –le digo fingiendo seguridad–. Era… un científico iraní –respondo casi inaudiblemente, bajando la vista hasta el suelo y parpadeando con disimulo.

Qué bien van las pestañas postizas para desviar la atención. Mira cómo aletean.

No era científico –me dice Vera.

Ah, perdón, es verdad. Era… un astronauta ruso –corrijo, en un tono de voz más bajo todavía.

Uh-Uh. Negativo –me responde Vera cruzándose de brazos.

Qué oído más fino tiene. ¿Cómo ha podido oírme con esas orejas tan pequeñas?

Déjalo ya, Vera. Tu tía no sabe quién es Kafka, ella sólo entiende de cosas superficiales –le dice mi hermana resoplando con altivez.

Ya, claro. Pero tú sí que lo sabes, ¿verdad? –le pregunto sarcástica a Violeta.

Pues resulta que sí lo sé, tonta de los potingues, descubrió la vacuna contra el sionismo –me responde muy chula.

Bah. Ya lo sabía, sólo quería comprobar si lo sabías tú –le digo mirándome las uñas. Qué color tan bonito el púrpura Coitus Nonstop. Boréal hace magia en sus laboratorios. Uy, que Marcos no se entere de lo que acabo de decir, Boréal es competencia de Glossy Look–. Kafka salvó muchas vidas con su investigación. La medicina y la humanidad tienen mucho que agradecerle –añado para aparentar que sé de lo que hablo.

Te me has adelantado, eso iba a decir yo ahora mismo –dice mi hermana mirando a mi sobrina, orgullosa por su dudoso conocimiento sobre el tal Kafka.

Qué tramposa es, seguro que lo ha leído de refilón al meterle las pastillas en la mochila a Vera.

La gente moría a manojos antes de que Kafka encontrara un remedio a esa terrible enfermedad. Qué horror, hubo niñas que no llegaron a conocer qué se siente cuando te pintas los labios por primera vez –digo para no ser menos que ella.

El siglo pasado siempre será recordado por sus numerosos avances médicos –dice mi hermana poniéndose competitiva.

Qué pesada. Pues yo ya no sé qué más decir. A ver… Ah, sí.

Desde luego, el botox le devolvió la ilusión por la vida a millones de mujeres –digo muy resuelta.

No es por nada, señoritas, pero el sionismo es un movimiento político surgido del deseo de los judíos de recobrar Palestina –dice Vera subiéndose las gafas con un dedo, mirando de mi hermana a mí y de mí a mi hermana.

Vaya, hombre, eso se avisa antes.

Vera Vázquez, soy tu madre. A mí no me llames señorita –le riñe mi hermana enfadada, aunque sé que lo que en realidad le pasa es que está avergonzada por su metedura de pata.

Hm… No sé qué decirte, a veces juraría que nuestros papeles están intercambiados –dice Vera entre dientes, acercándose a una estantería con su mochila a la espalda.

Tendrá un cerebro enorme, pero Vera, bajita, lo es un rato. La mochila abulta mucho más que ella. Bueno, aunque eso lo arreglan unos buenos tacones, en cuanto cumpla los doce le compro unos.

No soy sorda, ¿sabes? Te he oído contestarme –le recrimina mi hermana–. Bueno, Lola, me voy. Nuestro avión sale a las nueve y todavía tengo que ir a comprar algunas cosas –me dice a mí de repente impaciente, sabiéndose tan ridícula como yo.

Oh… ¡Claro, Vera pasa el fin de semana conmigo! Uysh, se me había olvidado el viaje de aniversario de boda de mi hermana y Miguel. Jo, y Marcos me iba a llevar a cenar esta noche a ese sitio tan bonito y romántico. Qué desgraciada soy, nada me sale bien.

Por la cara que has puesto, ¿debo deducir que te habías olvidado de mí, tía Lola? –me pregunta Vera mirándome apenada desde una esquina.

Miéntele, mala tía –me susurra mi hermana, mirándome amenazante.

No, Vera. ¿Por qué piensas eso? –le digo con ternura–. Estaba deseando que llegara el viernes para que estuviéramos juntas. Y Marcos tiene muchas ganas de verte, ¿lo sabías?

¿De verdad? –me responde ella con una chispa de ilusión asomándole en la cara.

Qué pena me da a veces Vera. No tiene amigos de su edad. Está siempre rodeada de personas mucho mayores que ella, incluso en el colegio, y eso hace que necesite cariño constante. No quiero ni imaginarme lo incomprendida que se deberá sentir teniendo ese coquito privilegiado. Bueno, pero sé lo incomprendida que yo soy por ser tan despistada, y eso debe ser casi lo mismo. Sólo hay que ver la cara que me ha puesto Violeta al darse cuenta de que me había olvidado de cuidar de Vera para saber que eso es así. Creo que mi hermana debería darme un respiro de vez en cuando, aunque sólo sea por los años que pasé de niña haciéndome pis en su cama. Ese es un vínculo de unión indestructible.

Lo siento, Violeta. Tengo demasiadas cosas en las que pensar últimamente –le digo mientras Vera está distraída leyendo los componentes de un brillo labial.

No lo sientas tanto y apúntate las cosas, Lola. Así no se te olvidarán las que de verdad importan –me contesta mi hermana irritada.

Pensaba hacerlo, pero también se me ha olvidado apuntármelo. Ya sabes cómo soy –le digo cabizbaja.

Pues a Vera no se le olvida nada. Lleva toda la semana loca de contenta porque iba a quedarse contigo. Aprende un poco de tu sobrina –me responde Violeta–. Adiós, cariño, nos vemos el domingo por la noche –le dice a Vera acercándose a ella y dándole tres sonoros besos en la mejilla, en modo abuela.

Pasadlo bien, mamá, y no dejes a papá comer nada con grasas hidrogenadas. Ya sabes lo que le ha dicho el médico –le responde Vera dándole un abrazo.

Qué mona es mi sobrina. Tan pequeña y tan atenta. Lástima que no sea más coqueta, porque lo va a tener complicado con los chicos cuando sea mayor. Tanta inteligencia les suele asustar. Mmmm, pero el pelo le huele muy bien. Sniff, sniff.

Bueno. Pues, ¿qué quiere hacer esta noche la niña más preciosa de la ciudad? –le pregunto a Vera cuando mi hermana se marcha, con mi nariz pegada a su flequillo.

Para mí siempre olerá a bebé, aunque es probable que se trate del bebé de otra familia.

Había pensado que podríamos hacer algo divertido –me dice Vera.

Ah, mira, puede que este fin de semana me libre de oírle recitar poesía y de recibir lecciones de ciencia. Temía que la cosa iba a ser peor, qué manía tengo de adelantarme a los acontecimientos.

Vale, me parece perfecto. Haremos lo que tú quieras –le digo, sintiéndome muy culpable por haberme olvidado de que tenía que quedarme con ella.

¡Bien! –dice Vera entusiasmada–. Esta noche dan Rigoletto en la tele. Verás qué bien lo pasamos viéndola, tía Lola.

¿Qué película es Rigoletto?, ¿la segunda parte de Pinocho? –le pregunto mirándole con dulzura.

No, es una ópera de Verdi –me dice Vera dando palmaditas de felicidad.

Claro, una ópera… Qué bien –le respondo mientras viajo mentalmente a un lugar muy lejos de allí.

A uno donde Lola Glamour funciona a las mil maravillas, Marcos y yo vivimos juntos sin tener que renunciar a nada, y mi sobrina es fan de Justin Bieber. Oh, y donde me levanto cada mañana con el pelo ya planchado. Vaya, eso sería genial…

Si hay algo que me haga olvidar los problemas, aparte de admirar mi maravillosa colección de barras de labios, es estar con Marcos. Los viernes por la noche consigo desconectar de todo en cuanto llega de Madrid y le veo sonreírme, para mí es como un tratamiento antidepresivo. Mi pastilla de la felicidad. No me cabe duda de que estábamos predestinados a estar juntos. ¿Cómo si no una fanática del maquillaje como yo iba a conocer al hijo del dueño de Glossy Look, una de las empresas más importantes de cosméticos? Lo nuestro es como el cuento de La Cenicienta escrito con eyeliner. Me gusta imaginar que somos como un dúo de sombras de Maybeeline, la pareja perfecta. Aunque Marcos sea mucho más perfecto que yo, eso lo tengo presente. Tanto que a veces pienso que soy muy poca cosa para él. Me da miedo que un día le dejen de hacer gracia mis despistes y mi manera inocente de ver las cosas y que se vaya por donde vino. A un mundo que, visto lo visto, yo nunca podré alcanzar ni en sueños. No es que pensara que me iba a hacer millonaria con mi negocio pero, al menos, aspiraba a ser una persona que se supera a sí misma, capaz de decidir su destino. Alguien que Marcos, viniendo de donde viene, pudiera admirar. Aunque fuera a pequeña escala. Y ahora que estoy al borde del abismo con Lola Glamour no puedo evitar preguntarme si eso hará que me vea como a una fracasada, si también le perderé a él. Las desgracias suelen venir en cadena y yo nunca he sido, lo que se dice, una chica con estrella. Lo más extraordinario que me ha pasado en la vida es que Marcos se enamorara de mí. Bueno, y encontrarme aquel neceser lleno de muestras de cremas en los aseos del tren. Nunca me había alegrado tanto de que me diera un apretón.

Tía Lola, llevo un buen rato escuchándote y todavía no entiendo por qué me cuentas tus problemas con Marcos a mí. Sólo soy una niña de siete años, yo no tengo experiencia en temas de amor –me dice Vera con cara de extrañada.

¿Qué?

¡Mierda! Ya he vuelto a pensar en voz alta. Cada día estoy peor.

Bueno, pero… eres muy inteligente para tu edad –le respondo disimulando.

¿Dónde estarán metidas las llaves del piso de Marcos? Es increíble la de cosas que llevo siempre en el bolso. Siempre me pasa igual, me paso un cuarto de hora en el rellano de la escalera buscándolas. Menos mal que el portero ya me conoce y me deja subir, porque las he perdido más de una vez. Y más de cinco. Qué paciencia tiene Marcos conmigo.

Eso es cierto, tengo una mente inusual para mi edad –dice Vera asintiendo pensativa–. En fin, tía Lola, pues si tanto te importa mi opinión, mi consejo es que practiques el acto sexual con Marcos con frecuencia. Parece ser que mediante el sexo se ejerce una fuerte atracción y un extraño poder sobre el género masculino. Lo he podido comprobar viendo documentales sobre monos del National Geografic.

¡Vera! –le digo sorprendida, levantando súbitamente la vista del bolso–. Sólo tienes siete años, no deberías ver esas cosas.

¿Por qué? ¿Qué tienen de malo, tía Lola? Los dan en horario infantil –me dice ella desconcertada–. ¿Tú no…? Ya sabes… con Marcos –me pregunta, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta del piso.

¿Yo? ¡Jamás! –le digo agarrándome fuertemente a las solapas de mi abrigo.

¿Qué otra cosa puedo decirle? No puedo contarle a mi sobrina mi vida sexual.

Qué raro… –dice Vera con desconfianza–. Pensaba que todas las parejas lo hacían–. ¿Ni siquiera a escondidas? –me pregunta extrañada.

¡Mira, las llaves! –exclamo con una risita incómoda.

Al entrar en casa de Marcos, Vera me sigue por el pasillo silbando contenta, agarrando las asas de su mochila a la altura de los hombros, y parece que ya no siente curiosidad por saber lo que hago con mi novio en la cama. Pero no me fío mucho de ella. Conociéndola, estoy segura de que no parará hasta llegar al fondo de este asunto. Es lo que tienen las mentes inquietas como las nuestras. A mí también me pasa cuando veo a alguien con las uñas pintadas de un tono que no puedo identificar, así que podría ser que Vera se parezca a mí al fin y al cabo. Por cierto, qué bien huelo cuando muevo el pelo, este champú es total. Voy a ir girando como una bailarina hasta el salón para perfumar el pasillo.

¿Ya estás aquí? –dice Marcos saliendo desnudo del cuarto de baño, quedándose paralizado frente a nosotras.

Por favor, ¡un pene! –exclama Vera mirando boquiabierta hacia esa parte de la anatomía de Marcos.

Lo siento, no sabía que venías acompañada –dice él tapándose con la toalla que lleva en la mano, a punto de soltar una carcajada.

¡No te rías! –le digo horrorizada mientras le tapo a Vera los ojos sobre las gafas–. La acabas de traumatizar.

¿Por qué? –me pregunta Marcos–. Tampoco es tan grave.

No sufras por mí, tía Lola, sólo he gritado a causa de la sorpresa –dice Vera intentando ver entre mis dedos.

¿Qué haces ahí parado? ¡Vístete! –le digo nerviosa a Marcos.

Bueno, tranquila. Ya voy –me responde con toda naturalidad–. Hola, Vera. ¿Qué te trae por aquí? –le pregunta a ella cogiéndole la nariz.

Me quedo a pasar el fin de semana –le responde Vera feliz.

Qué buena noticia. No esperaba pasarlo con dos chicas tan guapas –le responde Marcos.

Ji, ji, ji –ríe Vera sintiéndose adulada–. Tía Lola, me estás ensuciando los cristales de las gafas, ¿lo sabías? Creo que si quitas las manos ya no veré nada. Vamos a probar.

De eso ni hablar –le digo guiándola hasta el salón con los ojos tapados, en vista de que Marcos no tiene ninguna prisa por desaparecer.

Pero sólo es un pene –me contesta ella por el camino.

Sí, eso díselo a tu madre. ¡No! Qué digo, mejor no se lo digas, ¿vale? –corrijo al pensar en recibir otra bronca por parte de Violeta.

Espero que esto no llegue a oídos de mi hermana. Con lo cascarrabias y lo exagerada que es, es capaz de acusarme de iniciar a Vera en la pornografía. Qué miedo me da Violeta.

¿No te has olvidado de algo? –me pregunta Marcos ya vestido, acercándose a la nevera, donde me encuentro a la búsqueda de algo dulce.

¡Qué bien, hay batido de chocolate! Cómo no voy a estar loca por Marcos, si siempre se acuerda de mí.

Seguro, me habré olvidado de muchas cosas. Pero te refieres a esto, ¿a que sí? –le digo dándome con él un fuerte y reconfortante abrazo.

Ay, qué gustito. Qué bien me siento en sus brazos. Ya vuelvo a ser la chica más feliz del mundo.

Imagino que ya no iremos a cenar. Llamaré para cancelar la reserva –me dice después de darme un gran beso de viernes, de los de recibimiento que sólo él sabe dar.

Se me olvidó que mi hermana se iba de viaje. Lo siento –le digo sintiéndome fatal.

¿Y eso cómo puede ser? Si tú tienes muy buena memoria –me dice Marcos fingiendo asombro.

Por favor, no lo menciones delante de Vera, ¿vale? No sabe que me había vuelto a olvidar de ella –le pido en voz baja.

Si no me ofreces algo a cambio se me podría escapar –me responde con una sonrisa granuja–. Digamos que encontrarme sobre mi cama a una chica preciosa vestida sólo con sus zapatos de tacón podría dejarme mudo.

¿Cómo? ¡De qué chica habla!

Oh… Claro, de mí. Qué susto.

Hecho. Qué fácil eres de contentar –le digo parpadeando a mil por hora con mis súper pestañas.

No te creas… –me responde acercando su cara a la mía–. Una vez que cedes a un chantaje, estás de por vida en manos del chantajista. Nunca sabes cuándo te va a dejar de extorsionar.

Bueno, si todo lo que me vas a pedir es como lo de antes, no me importa que me chantajees todo lo que quieras –le contesto coqueteando.

No estés tan segura de que siempre te voy a pedir cosas tan inocentes –me dice él, cogiéndome por la cintura y dándome otro gran beso.

Siento interrumpir, pero me asalta una duda –nos sorprende Vera desde la puerta–. Marcos, tienes una de las pestañas postizas de mi tía pegada a tu cara, ¿lo sabías?

No. Gracias por avisarme –le contesta Marcos riendo.

Veamos –dice Vera después de carraspear un poco–. Por la pregunta que me ha hecho Marcos al verme, me ha parecido que no sabía que iba a pasar el fin de semana aquí, tía Lola. ¿Es posible que me hayas mentido y que realmente te habías olvidado de nuestro fin de semana juntas?

No… Qué lista es…

Un silencio muy incómodo se acaba de hacer. No sé qué decir. Vera está poniendo cara de sentirse dolida y me da pena que crea que no es lo suficientemente importante para mí como para recordar nuestra cita. Si hubiera sido la primera vez, quizá la cosa no tendría importancia. Pero es que, además, la dejo plantada cada dos por tres. En parte gracias a mi mala cabeza, aunque también a que siempre tengo cosas que hacer. Y no quiero que piense que ella es lo más insignificante en mi vida, porque no es así.

Vera –le dice Marcos agachándose frente a ella–, he sido yo el que se ha olvidado. Tu tía me lo contó hace unos días, pero los publicistas somos así de despistados. Tenemos tantas ideas dando vueltas en la cabeza que algunas aprovechan para escaparse sin que nos demos cuenta. Se van por aquí, ¿ves? –le dice señalando a su oreja derecha.

Qué tonto –dice Vera riendo–. Las ideas no se pueden escapar por ahí.

Pues claro que pueden, en el mundo de la publicidad todo es posible. ¿No has visto los anuncios de cremas que borran las arrugas en dos semanas? ¿O los de detergentes para el lavavajillas que duran más que la Guerra Civil? ¿Cómo explicas eso? –le pregunta Marcos.

¿Te refieres a la Guerra Civil española o a la estadounidense? –le pregunta Vera.

A la de Secesión. Ya sabes que en España lo americano vende –le responde Marcos tocándole la punta de la nariz.

Bueno… –dice Vera pensativa–. Si es así, lo entiendo.

No me creo por nada del mundo que se haya tragado la excusa de Marcos, pero yo, casi que sí. ¿En qué lugar me deja eso?

Te prometo que no volverá a pasar, haré que mi secretaria me recuerde cada una de nuestras citas –le dice Marcos a Vera poniéndose en pie.

Gracias por cubrirme –le digo en un susurro a Marcos.

Pero las disculpas no se terminan así. ¿No me piensas dar un beso? –le dice Vera muy puesta, con sus pequeños brazos en jarras.

Oh, claro que sí –dice Marcos agachándose y dándole un beso rápido en los labios.

¡En la boca no! –exclama Vera riendo.

¿Por qué? Prácticamente soy tu tío –dice Marcos cogiéndola en brazos y llevándosela hasta el salón.

No sé si podré acostumbrarme algún día, eres demasiado guapo –le dice Vera retorciéndose contenta en sus brazos, mientras Marcos le hace cosquillas en los costados.

Mejor que no lo haga, que no se acostumbre a llamarle ‘tío’. Por lo que pueda pasar. Oh… las pastillas para la alergia de Vera. Menos mal que me han venido a la cabeza, podría ser que todavía haya esperanza conmigo.

Vera, ¿dónde están tus pastillas? ¿Ya te las has tomado? –le pregunto dirigiéndome al salón.

¡No, tía Lola! ¡Las he puesto en el cuarto de baño, junto a las que has dejado tú en la repisa! ¡Las anticonceptivas! –me responde ella, todavía riéndose con Marcos.

Ay, qué bien, me encanta verla así.

¿Eh…? ¿Ha dicho anticonceptivas?

Bueno, es igual. El caso es que me gusta verla comportarse como una niña. Me parece muy dulce cuando la veo jugar. A ver si hay suerte y se olvida de la dichosa ópera que dan esta noche en la tele. A mí me gustaría ver algo en el Disney Channel.

Pues no dejes tus pastillas ahí, ¿vale? Se te podrían olvidar cuando te vayas. Vuelve a meterlas en tu mochila –le digo a mi sobrina, aun a sabiendas de que la única que podría olvidarse de ellas soy yo.

Pero queda muy bien hacerse la adulta responsable delante de una niña superdotada, para qué nos vamos a engañar.

¿Qué tal te ha ido la semana? –me pregunta Marcos achuchándome a su lado en su masculino sofá de diseño.

Cómo se nota que no lo probó antes de que se lo colocara aquí el decorador. Estos muebles modernos para solteros son muy elegantes, pero bastante incómodos. Me estoy clavando algo en los riñones que no soy capaz de identificar. En fin, pero lo importante es que estamos juntos. Los dos solos. Vera ya está en la cama desde hace rato. Se lo ha pasado tan bien jugando con Marcos que se ha olvidado por completo de lo que quería ver en la tele. O lo ha dejado pasar directamente. En cualquier caso, gracias a él, porque en cuanto le he contado los espeluznantes planes de Vera ha movido cielo y tierra hasta encontrar un tablero de Parchís. Me habría gustado unirme a la partida, pero estaba ocupada haciendo algo de suma importancia. Bueno, no era algo tan importante, pero me apetecía mucho relajarme en la bañera de Marcos. Su cuarto de baño es lo más y compartiendo piso con dos personas la competencia para ocupar el mío puede llegar a ser feroz. Lo demuestran las marcas del suelo de nuestro pasillo, son derrapes hechos durante nuestras carreras para conseguir entrar antes que nadie.

¿Mi semana, dices? Sin ninguna novedad –le digo a Marcos para no tener que ahondar en el tema–. ¿Qué tal en Glossy Look? –le pregunto sonriente.

Bien. Nuestro elevador de pómulos ha sido elegido producto del año por la revista Belle –me responde con una mezcla de orgullo y felicidad.

¿Por la revista Belle? Qué fuerte, eso es todo un logro.

Vaya… –le digo impresionada–. ¡Felicidades, me alegro mucho por vosotros! –exclamo agarrándome a su cuello para darle un beso.

Lo sé, gracias –me contesta devolviéndomelo–. Me habría gustado que estuvieras para celebrarlo, pero sabía que no podrías venir a Madrid, así que no le vi sentido a invitarte –dice Marcos mirándome con expresión de remordimiento.

No te preocupes, lo entiendo –le digo apoyando mi cabeza en su hombro.

A cosas como estas y otras muchas me refería con que vivir cada uno en una ciudad es complicado. Rara vez estamos juntos en los buenos momentos, ni tampoco cuando nos pasa algo que nos preocupa. Marcos lo tiene un poco más fácil para escaparse del trabajo que yo, pero eso no quiere decir que lo pueda hacer cada vez que le venga en gana. Ser quien es en la empresa tiene sus ventajas, pero eso también le exige más responsabilidad que a los demás. El padre de Marcos no te regala nada que no te merezcas, por algo está forrado.

¿Cómo va Lola Glamour? –me pregunta un momento después.

Igual de mal que siempre –le confieso finalmente.

Si no se lo digo no va a parar de preguntarme por eso durante todo el fin de semana, aunque sólo sea por demostrarme que le preocupan mis problemas. Lo que es cierto y es de agradecer, así que no tiene sentido seguir evitando el tema.

No quiero presionarte, pero deberías tomar una decisión cuanto antes. Deja la tienda y vente a vivir conmigo a Madrid, no te endeudes más por ella –me dice poniéndose serio.

No estoy tan endeudada, Marcos –le digo sin creérmelo yo misma–. Me gustaría esperar un poco más antes de rendirme.

¿Esperar? ¿Esperar a qué? Los negocios no se llevan de esa manera, Lola. Si quieres salvar el tuyo, tendrás que hacer algo. ¿Qué plan tienes? –me pregunta poniéndose en modo profesional.

¿Un plan? Pues… –¿Debería tener un plan?–. Marcos, sabes que no tengo ninguno –le digo mirándole dolida.

Odio cuando se pone así de serio y de responsable, por eso no quería hablar de esto. Hace que me sienta como una inútil, como una tonta que ha puesto un negocio sin tener ni idea de cómo llevarlo. Seguro que por eso no funciona. Aquí estoy yo endeudándome hasta las pestañas postizas con mi insignificante tienda, mientras mi novio trabaja en una empresa de éxito internacional que algún día heredará. ¿Se puede ser más ridícula? No lo creo.

¿Por qué tienes tan poca confianza en ti misma? –me pregunta dándome donde más me duele–. No te quieres nada.

¿Qué tiene eso que ver? –le pregunto sintiendo un fogonazo de calor en la cara.

Tienes ingenio, sentido del humor y además eres una chica lista y preciosa. Puedes conseguir todo lo que te propongas –me contesta gesticulando con fastidio.

Yo no soy ingeniosa –le digo apartando mi mirada de la suya.

Claro que lo eres. Hay poca gente que piense de la misma manera que tú, porque eres única. ¡Auténtica! Aprovéchalo –me responde él.

Marcos, yo sólo pienso en tonterías, no soy lo suficientemente espabilada para tener buenas ideas –le digo comenzando a notar los ojos húmedos.

Hoy es viernes, el día más esperado de la semana para mí, y lo voy a acabar llorando. Se supone que Marcos debería darme consuelo en vez de estar cuestionándome. Me estoy empezando a enfadar con él.

¿Sabes qué? –me pregunta después de parecer perdido en sus pensamientos durante unos instantes–. No hace falta que tengas grandes ideas. La gran idea eres tú –dice mirándome de una manera muy extraña.

¿A qué se refiere? No entiendo nada, pero me da corte preguntárselo. Me acaba de decir que soy lista y no quiero que cambie de opinión.

Marcos, no me mires así, que me entran sudores y se me despegan las pestañas –le digo retirándome un poco de él.

¿Lo ves? –dice riendo–. Tienes chispa y todo lo que se necesita para sobresalir. Sólo tienes que hacer que el mundo lo sepa –añade volviéndome a mirar pensativo, como si estuviera escaneando mi cerebro.

Me está dando miedo, a ver si me va a leer en la mente que fui yo quien rompió la baldosa del suelo de la cocina. Le dije que había sido la señora de la limpieza.

Como Marcos no para de observarme pensativo, me pongo a mirar a mi alrededor para matar el tiempo. Ruedo los ojos en todas las direcciones con la cabeza inmóvil, para colaborar un poco con lo que sea que está haciendo, pero transcurridos un par de minutos me canso de tanto misterio y decido romper el silencio.

¿En otoño se atrasa, o se adelanta la hora? Nunca me acuerdo –le digo de manera casual.

Vas a abrir un blog y una cuenta en YouTube –me responde haciendo caso omiso a mi pregunta.

¿Qué? ¿Para qué? –le pregunto intrigada.

Porque la gente te va a adorar –me contesta muy seguro de sí mismo.

¿Que me va a adorar? ¿Y cómo se supone que voy a conseguir eso? –le digo asombrada.

Siendo tú. Te conocerán a ti y entonces también querrán conocer tu tienda. Yo te ayudaré –me contesta levantándose del sofá y desapareciendo del salón.

¿A dónde va? ¿Y por qué me hace esto? Yo era muy feliz recreándome en mi desgracia, y ahora me huelo que me va a obligar a hacer algo para cambiar eso que no sé si voy a tener valor de hacer. ¿Por qué no seguiría yo haciendo facturas y enviando e-mails, trabajando de administrativa? Antes vivía relativamente tranquila escondida tras mi ordenador, o eso me parece ahora. Esto me pasa por hacerme la ambiciosa.

Hazte una foto que llame la atención. Una en la que todo el mundo pueda ver lo bonita y especial que eres –me dice Marcos volviendo con su portátil y sentándose conmigo de nuevo en el sofá.

¡Pero con qué buenos ojos me ve! Me los va a tener que prestar una temporada.

Marcos, no estoy segura de que pueda hacer lo que sea que tienes en mente –le digo asustada.

Claro que puedes. ¿Quién demonios te ha convencido de que eres tonta? –me pregunta enfadado.

Pues no lo sé. Puede que un poco yo, un poco mi hermana y un poco mi historial de meteduras de pata. Eso último me parece muy revelador.

Marcos, la noche que te conocí estuve a punto de comerme un preservativo pensando que era un chicle. ¿De verdad me estás preguntando eso? –le digo con ironía.

Sólo eres muy despistada –me responde riendo–. Y además, habías bebido más de la cuenta. Si fueras tonta no podrías darte cuenta de que lo eres. ¿No lo entiendes?

Bueno, visto así… –le digo confundida.

No lo he entendido.

En efecto. Visto así, es lo que es –dice Marcos tecleando sin mirarme.

¿También te parece normal que imagine que vienes a buscarme a Lola Glamour montado en un camello? –me invento para ver qué dice.

En realidad viene montado en un elefante rosa, con una guirnalda de jazmines alrededor de la trompa, pero no quiero que piense que estoy mal de la cabeza.

No sólo me parece normal, creo que es encantador –me responde mientras sigue tecleando en su portátil.

¿Que tenga un Excel con todos mis productos personales de maquillaje anotados, también te parece encantador? –le pregunto con curiosidad.

Lo hago porque tengo tantos que a veces me compro cosas repetidas sin darme cuenta.

Pues claro que me lo parece, yo vivo de eso. Ojalá hubiera más chicas con tanta pasión por el maquillaje como tú –me responde.

Nada, no hay manero de pillarlo.

¿Por qué me quieres tanto? –le pregunto soltando un suspiro final.

¿Cómo no iba a quererte, si eres adorable? –me responde mirándome como si estuviera loca.

¿Quién necesita un psicólogo teniendo a Marcos? No hay nadie que me pueda levantar el ánimo tan rápido como él. Lo mismo tiene razón y valgo mucho más de lo que me creo últimamente, porque no es nada fácil conseguir un chico como el que tengo. Algo debo saber hacer muy bien.

Bueno, esto ya está. Ahora el resto depende de ti –me dice Marcos soltando el portátil unos minutos más tarde.

Vamos a ver, explícame a qué te refieres con “el resto” –le pido temerosa.

Qué peligro más peligroso. A ver en qué me quiere meter.

Te vas a grabar en vídeo dando tu opinión sobre diferentes productos de maquillaje. Tu opinión personal, y de la misma manera que me hablas a mí. No finjas algo que no eres ni intentes parecerte a nadie –me explica resaltando esas palabras.

Oh… Bueno, supongo que eso puedo hacerlo. Siempre pruebo todo lo que sale al mercado y me encanta hablar sobre cosméticos, son mi debilidad. El problema es que no tengo a nadie con quien hacerlo, aparte de Marcos y Dani, mi compañero de piso. Pero si hay más personas como yo por ahí…

¿Sería como mi propia sección de belleza? –le pregunto asombrada.

¿Yo podría ser una gurú del colorete? ¿Del perfilador labial? ¿De los liposomas? Qué pasada… ¡Esto me está gustando!

Sí, te lo deberías plantear de esa manera, tu sección de belleza online. También tendrás que escribir en el blog que te acabo de abrir. Hablando sobre diferentes looks, qué colores se llevan, dando consejos y trucos… Todas las historias que se te ocurran. Pero recuerda hacerlo siempre a tu manera, eso es lo que te diferenciará y hará que la gente quiera seguirte a ti y no al resto –me responde.

¡Hala, qué guay! ¡Me encanta la idea!

¿Y ya está? ¿Sólo con eso mi tienda empezará a ir bien? –le pregunto ilusionada.

Bueno, no es algo seguro al cien por cien. Pero, sí, puede ayudarte a que remonte. Harás branding y tu tienda conseguirá publicidad –me dice Marcos.

No sé qué significa ‘branding‘, pero él es el que entiende de esas cosas y todo lo que venga de Marcos me suena genial. Además, ahora mismo estoy tan excitada que si me pidiera que hiciera puenting, skating o camping-gas lo haría sin pensar. ¿Podría ser que Lola Glamour esté a punto de ver el éxito? ¿Que me pueda convertir en una verdadera mujer de negocios? ¿Que yo ya no sea tan poca cosa comparada con Marcos?

Oh, espera… Eso también podría llegar a ser un problema, ahora que lo pienso…

Marcos –le llamo pensativa.

¿Si? –me responde dándole algunos retoques al aspecto del blog.

Qué bonito lo está dejando. ¡Me parece chulísimo!

¿Qué pasaría si Lola Glamour empezara a ir muy bien y ninguno de los dos pudiera mudarse a la ciudad del otro? ¿Cómo lo haríamos para poder vivir juntos? –le pregunto un poco preocupada.

Bueno, no nos adelantemos, ¿vale? –me dice tocándome la mejilla con cariño–. Si eso pasa, ya pensaremos en ello.

Supongo que tiene razón. Debo ir paso a paso, y en este momento lo que me corre más prisa es intentar cambiar el oscuro destino de mi tienda. Ella es la que me impide tomar la decisión de mudarme a Madrid con Marcos y ya es hora de dejarla morir o conseguir que remonte. No tengo otra elección, esta es mi última oportunidad.

¿Nos vamos a la cama? –le pregunto a Marcos, sintiéndome bastante más tranquila.

Ya deberías estar allí. Me debes algo –me dice cerrando el portátil y poniéndose en marcha.

Ji, ji. Sesión cochina.

¡Eh, oye! ¿No me esperas? –le digo andando deprisa detrás de él.

No. Y no pienso tener compasión contigo, cumple tu parte del trato o lo vas a lamentar –me dice metiéndose en su dormitorio sin volver la vista atrás.

Ay… cómo me gusta que me extorsione.

Te estoy esperando, y con cada segundo que pasa se me suelta más la lengua. Estoy muy a punto de despertar a Vera para contarle un par de cosas –me dice desde ahí dentro.

Tú no vas a contarle nada. Yo te lo impediré –le digo en tono sexy, abriendo en plan agresivo su puerta.

Pero al segundo oigo un sonoro ‘¡Ploff!’ acompañado de un ‘¡¡¡Ay!!!’ y se me viene la actuación abajo de sopetón.

Perdón. ¡Perdón! No sabía que estabas detrás de la puerta –me disculpo echándome las manos a la cara–. ¿Te encuentras bien?

Pues… no sé qué decirte. A veces he estado mejor –me contesta Marcos tocándose dolorido la cabeza.

CONSIGUE LA HISTORIA COMPLETA AQUÍ

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