Capítulo 1 de ‘¿Qué fue de Gary L’Amour?’


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GaryEsta falda me hace paticorta. No sé si son las botas o que la cintura es demasiado baja. Puede que el problema sea que es demasiado larga, o que los pendientes que llevo son muy pequeños. No, ya sé lo que es… ¡Dios, los chinos nos invaden! ¡Nos están enviando un mensaje subliminal introduciendo de incógnito el patronaje de su ropa en nuestro país! Esto es una táctica psicológica para intimidarnos… Pero conmigo no lo van a conseguir, me pondré la falda con unos zapatos de tacón bien altos y un top que desvíe la atención hacia la parte superior de mi metro cincuenta y tres de estatura. A mí nadie me va a hacer creer que soy un poco tapón.

Viernes. 20:00h. Nadie lo había percibido, pero yo soy muy espabilada y sé que una oleada comunista está entrando con sigilo en nuestras vidas. Palabras clave: Lao Tse, nunchaku, sopa wontón, Kung Fu Panda. ¡Chao, chochín!”, dejo constancia de mi descubrimiento en mi grabadora digital –la misma que utilizo para el trabajo– mientras observo mi imagen en el espejo a través de mis pestañas.

Seguidamente me dirijo al salón con un top en cada mano y le consulto a Raúl:

¿El negro o el rojo?

¿Qué? –me responde mi novio como ausente, sin apartar la vista del televisor.

Los tops, Raúl –le respondo sacudiendo levemente las prendas desde la puerta del salón.

Los tops, ¿qué? –me pregunta con la vista fija en la tele.

Pues eso –le digo.

Qué paciencia hay que tener. ¡Con lo tarde que es! A este paso no llegamos a la cena de Mariluz ni para el postre. Pero, en fin, supongo que su bajo nivel de comprensión se debe a un problema de género. Y además, estoy súper enamorada de Raúl, ¡tanto que dentro de tres meses nos casamos! Qué emoción, cada vez que lo pienso siento cosquillas en el estómago. Aunque todavía tengo tantos cabos por atar relacionados con la boda que no sé si lo que siento es una afección gastrointestinal a causa de los nervios o simplemente alegría.

Que si te gusta más el top negro o el top rojo –le explico con una paciente sonrisa al no recibir aún ninguna respuesta por su parte.

Raúl, por fin, mira en mi dirección y después de observar los tops unos segundos contesta con el entrecejo arrugado:

Pero, ¿¡todavía estás así!?

¿Qué?

No me presiones –le respondo asombrada–. ¿Cómo quieres que esté lista? No sé qué ponerme.

¿Que no te presione? Son las ocho, ya hace media hora que deberíamos haber salido de casa. Sieeempre tenemos que llegar tarde a todas partes, Edith –me contesta gesticulando con fastidio.

Claro, ahora te entra la prisa. Si estabas viendo la tele tan tranquilo –le digo dolida.

Estoy viendo la tele porque tú no estás lista. No le des la vuelta a la tortilla –me responde.

Claro. Y a ti te ha venido muy bien porque estabas viendo el programa ese de cotilleo. Famosas mal vestidas.

¿El rojo o el negro? –le vuelvo a preguntar levantando de nuevo los dos tops, después de mirarle un instante con cara de mala uva.

Son iguales –me responde Raúl.

¿Cómo van a ser iguales? Uno es rojo y el otro es negro –le digo sorprendida.

Edith, ¿quieres vestirte de una vez? Están esperándonos para cenar y siempre tenemos que llegar los últimos. Sinceramente, si fuera el aniversario de boda de un amigo mío en vez del de una amiga tuya ya me hubiese ido y te habría dejado aquí –me dice apagando el televisor y poniéndose en pie molesto.

Ah, ¿si? Pues no voy a soltar el hueso, no me pienso rendir.

¿Rojo o negro? –le pregunto acercándome más a él, con decisión.

De verdad, parece que no me conozca, y eso que llevamos siete años juntos. A estas alturas ya debería saber que, además de ser muy competitiva, tengo un trabajo absorbente que no me deja tiempo para prepararme este tipo de cosas con antelación. Si trabajara de nueve a cuatro como él –probando, probando… ¿Es eso trabajar? ¡No!– a estas horas me habría probado el top rojo, el negro y todos los que tengo en el armario. Me habría podido arreglar las uñas e incluso haber ido a la peluquería para cortarme el flequillo. Pero soy redactora-reportera en una revista, en No me lo puedo creer, y allí la actualidad manda. No podemos dejar escapar un suculento rumor sobre un personaje famoso y una exclusiva sólo lo es si somos los primeros en publicarla. No puedo salir cuando quiera del trabajo para ir a cenar a casa de una amiga, aunque Mariluz y yo nos conozcamos desde hace tantos años que seamos como hermanas, eso es verdad.

El vestido verde –me responde Raúl.

¿Cómo?

A ver, no lo has entendido. Te he preguntado si esta falda va mejor con el top negro o con el rojo, no si te gusta más esta falda o el vestido verde –le digo aunando paciencia.

Que, por cierto, ¿a cuál se referirá? Porque no tengo ningún vestido de ese color.

Te espero en el coche –me contesta después de mirarme en silencio unos segundos y de resoplar a continuación.

Ufffffff. Siempre tiene que llover cuando me pongo las gafas. He estado todo el día en el trabajo pegada a la pantalla del ordenador con las lentillas puestas y a estas horas ya las tenía tan secas que parecía que tenía dos pieles de garbanzo soldadas a las córneas. Así de resecas las tenía, hasta tal punto que al llegar a casa he hurgado en mi bolso con la vista borrosa y he intentado abrir la puerta con un clip del pelo. Soy miope a causa del cruel karma. Es decir, que veo menos que un gato de escayola. Pero eso no me impide ser una intrépida periodista, siempre y cuando no se me empañen las gafas ni se me pierda una lentilla. “La Kamikaze Miope de la Grabadora Digital”, así me conocen en la revista. Pero sé que me lo llaman con cariño y admiración.

¿Al final te has puesto el top rojo? Pues no te pega nada con las gafas, qué quieres que te diga –me dice Raúl con despreocupación, controlando el tráfico desde el espejo retrovisor del coche.

¿Qué quieres decir? ¿Qué tienen de malo mis gafas? –le pregunto con sorpresa mientras me las seco con un pañuelo de papel que he sacado de la guantera.

La lluvia, además de encresparme el pelo, me ha puesto los cristales de las gafas chorreando distorsionándome la visión y al sentarme en el coche me he dado cuenta de que me he metido en el de un desconocido. “¡Policía!”, ha gritado la señora sobre la que me he sentado.

Quiero decir que tus gafas, al ser de color rosa, no te quedan muy bien con el top rojo. Y no te enfades, sólo te lo digo porque sé que esas cosas a ti te importan. A mí me da igual –me responde mi futuro marido parando el coche en un semáforo.

¿Qué dice? Si muchas veces se empeña en ir de compras conmigo porque es un obseso de la moda y de la imagen, es un perfeccionista. Si es él el que ha hecho que me preocupe tanto por mi aspecto, yo nunca había sido así hasta que le conocí. Yo había pasado mucho de estas cosas hasta que él me las metió en la cabeza con su insistencia. “Deberías cuidarte más. Tu trabajo es genial y deberías ir bien vestida. La imagen es súper importante para tener éxito en la vida”. Todas esas frases son de Raúl y yo he intentado complacerle porque creo que en una relación las dos personas tienen que ceder en ciertas cosas.

¿Cómo se te ocurre decirme eso ahora sobre mis gafas? ¿No me lo podrías haber dicho antes de salir de casa? –le pregunto comenzando a enfadarme de verdad.

Entre la lluvia, el pelo encrespado y lo que me acaba de decir sobre mis gafas me están entrando ganas de irme a mi casa. Ahora parece que esté intentando que me sienta insegura, y no entiendo el porqué.

Porque no te las he visto cuando te las estabas poniendo. ¡Te estaba esperando en el coche! No puedo estar siempre a su servicio, disculpe usted –me responde él comenzando a dejar de disimular de nuevo su extraña intranquilidad.

¡Pues si no me hubieras esperado en el coche me las habrías visto! No sé a qué venía tanta prisa. Mariluz me conoce muy bien y sabes que no le va a sentar mal que llegue media hora tarde, es tan impuntual como yo. Seguro que todavía no ha terminado de preparar la cena y me juego el cuello a que ni siquiera a Alicia le importa cenar un poco más tarde, y eso que es borde de nacimiento –le digo cruzándome de brazos indignada.

Ups… Como Alicia se entere de lo que acabo de decir sobre ella me la lía, pero bien.

Mariluz, Alicia y yo somos amigas inseparables y nos queremos una barbaridad. Un montón, eso es. Somos algo así como hermanas de leche, aunque sería más acertado decir como ‘hermanas de botellón’. Porque hemos ido juntas al colegio y al instituto, donde hemos tenido nuestros primeros novios y hemos cogido nuestras primeras borracheras con sus consiguientes vomiteras. Además de los correspondientes castigos por parte de nuestros padres. Hemos compartido ídolos, problemas de adolescentes que en su tiempo nos parecían el fin de nuestra existencia, hemos ido a bodas y hemos celebrado navidades juntas. Y gracias a toda esa trayectoria ahora somos una pequeña hermandad de trillizas muy unida.

Raúl, ¿pero no crees que al ser la falda negra me pega con las gafas? –le pregunto esperanzada unos minutos más tarde, intentando que se disipe este mal rollo que se ha creado entre nosotros de la forma más estúpida.

Después de todo, estamos enamorados y a punto de casarnos. Y tampoco quiero llegar a casa de Mariluz con unos morros hasta el suelo por una discusión tan tonta, no me gustaría estropearle la celebración.

¿Que la falda es negra? Es azul marino. Deberías haberte puesto el vestido verde –me contesta él, todavía con irritación en su voz.

Pero, ¿qué te pasa? ¿Has cogido una enfermedad tropical que te ha dejado tonto? –le pregunto indignada.

Y dale. ¿¡Pero qué vestido verde ni qué abuelita en pelotas!?

¿Cómo voy a coger una enfermedad tropical, si vivimos en Madrid y estamos en invierno? –me responde Raúl alterado.

¡La falda es negra y su feo corte es un mensaje subliminal de los chinos! ¡Nos invaden! ¡Chao, chochín! –le digo levantando un dedo sentenciador en el aire para hacerle reír, intentando de nuevo apaciguar un poco la situación.

¡Estás loca! ¡Me pones de los nervios con tus teorías absurdas! –me grita él sin rastro de sonrisa en su cara.

Qué inocente. Ya me lo dirá cuando nos cambien los bichos del zodíaco y todos comamos lichis, ya.

El que está loco eres tú. ¡Yo no tengo ningún vestido verde! –le digo alzando la voz otra vez al ver que, por mucho que lo intento, no logro que cambie de actitud.

Bueno, ¿y cómo quieres que lo sepa? No querrás que lleve el control de lo que tienes en tu armario, ¿no? Si quieres me dedico también a hacerte un inventario –me responde dejándome boquiabierta.

La lluvia cae a cántaros y diluvia tanto que a los limpiaparabrisas del coche parece que les cueste moverse de un lado a otro. Qué noche más fría y más asquerosa ha escogido Mariluz para celebrar su aniversario de boda, de verdad. Podría haberse casado en agosto.

A ti te pasa algo y no me lo quieres decir –le digo a Raúl sin mirarle después de darle algunas vueltas a nuestra tonta y extraña discusión, observando cómo golpea el agua en mi ventanilla.

Raúl no es de esta manera normalmente; tan impaciente, irascible y con ese aire ausente y despreciativo, y mis teorías sobre supuestas conspiraciones le suelen hacer mucha gracia. Así que estoy empezando a pensar que hay un trasfondo extraño en esta situación. Es un tufillo medio sutil que a cualquiera puede que le pasara por alto, que lo vieran como algo normal entre una pareja que lleva tiempo saliendo, pero que a mí no se me escapa. Por algo dice mi jefe que tengo un olfato para el periodismo de investigación infalible. Aunque en nuestra revista la investigación se centre simplemente en casos de cuernos y embarazos secretos.

A mí no me pasa nada. Puede que a quien le pase algo sea a ti –me responde aparcando el coche a unos metros de casa de Mariluz.

Después sale del coche dirigiéndose a la puerta de mi amiga, poniéndose empapado bajo la lluvia. Sin esperarme ni tan sólo mirar atrás.

Viernes. 20:45h. Me encuentro ante un caso misterioso de cabreo de fin de semana. El sospechoso muestra signos de alteración del sistema nervioso e insensibilidad al agua. Palabras clave: echa pa’llá, no era nada lo del ojo, Chucky, cara de perro, bad milk”, registro en mi grabadora para indagar en el caso más tarde.

Seguidamente salgo del coche corriendo hasta casa de Mariluz con la cabeza agachada y las solapas del abrigo levantadas para no mojarme de nuevo las gafas.

Esa falda que llevas tiene un corte un poco raro, ¿no? –me dice Mariluz cuando entro en su casa y me quito el abrigo.

¿Tú también lo has notado? ¿Y qué te dice eso? –le pregunto en un susurro mirando de izquierda a derecha con desconfianza.

Que está hecha en China –me responde.

¿Y…? –le continuo preguntando, haciendo un gesto impaciente con la mano para sacarle las palabras.

Pues… –dice ella con cara de duda.

Vaya mierda de falda –me dice Alicia con su usual sutileza, acercándose a mí para darme un beso–. ¿Estaba en un escaparate dándole el sol? Está como descolorida.

No está descolorida, es azul marino. Pero tiene un corte extraño –le dice Mariluz.

No es azul marino, es negra –le digo colocándomela derecha. Ahora va a resultar que Raúl tenía razón–. Pero ese no es el problema, esta falda esconde algo mucho más profundo. Una señal de lo que está por venir –les informo a mis amigas con una expresión de misterio en la cara.

Debo decir, que con todo el misterio que se puede transmitir al tener las gafas completamente empañadas debido al contraste del frío de la calle y el agradable calorcito de casa de Mariluz.

Y… ¿qué es eso que está por venir? Me pregunta Mariluz antes de acercar las tres nuestras cabezas haciendo corrillo en el pasillo y de hacerme, seguidamente, un circulito con su dedo en el vaho de cada cristal de mis gafas. Ahora veo un poco mejor.

Los chinos nos invaden, hoy le ha dado por ahí –dice Raúl con cara de agobio al pasar por nuestro lado para entrar en la cocina.

¿Que los chinos nos invaden? –me pregunta Mariluz riendo.

Esa es nueva, ¿no? Menuda porquería de conspiración, si todo el mundo sabe que nos invadieron hace mucho tiempo –dice Alicia reprimiendo la risa, porque mostrar alegría va en contra de sus principios.

Pero yo ni siquiera sonrío, porque me he quedado pasmada con la respuesta de Raúl y no puedo apartar la vista de él mientras descorcha una botella de vino sobre la encimera de la cocina. ¿Cuándo ha perdido mi novio el sentido del humor?

¿Has vuelto a probarte el vestido? –me pregunta Mariluz.

¿Qué? –le respondo todavía con la mirada clavada en Raúl y las gafas empañadas, excepto por los dos pequeños círculos centrales que me ha hecho antes.

El vestido, yo de ti no lo dejaría todo para última hora. Cuando yo estaba a punto de casarme no paraba de ir por la tienda para probármelo una y otra vez –me dice Mariluz.

Porque tú ibas preñada al altar, estabas a punto de reventar –le responde Alicia.

A pesar de ser una persona de lo más generosa y buena amiga, Alicia tiene un carácter que de primeras te echa para atrás. Lo ve siempre todo negro, hasta lo más positivo, y no puede evitar decir las cosas como le vienen a la cabeza. Aunque eso nos va bien a Mariluz y a mí, porque cuando necesitamos una opinión sincera siempre recurrimos a Alicia. En realidad tiene razón, esta falda que llevo es una mierda y Mariluz estaba a punto de parir el día de su boda, ni siquiera cabía dentro del vestido. Hasta le salieron disparados un par de botones, fíjate tú. Su sobrina todavía tiene una paleta desconchada a causa del impacto del proyectil, la pobre era quien le llevaba la cola. Pero no es para tanto, después de todo el diente era de leche y ya estará a punto de mudarlo.

Por cierto, ¿dónde están los niños? –le pregunto a Mariluz.

Álex, el mayor de los hijos de Mariluz y Salva, es ahijado de Alicia, lo que creo que ha podido propiciar el pesimismo del pobre crío aún teniendo sólo cinco años. E Iván, el último en llegar hace un año, es ahijado mío. Pero no creo que su cabezonería la haya heredado de mí. Esas cosas sólo se transmiten genéticamente.

Álex se ha ido a bajarle la moral a su abuela, pero con Iván no hemos tenido tanta suerte. Salva lleva… Veamos, sí –dice Mariluz comprobando su reloj–, casi una hora intentando dormirle. Ahora le ha dado por golpearse la cabeza contra los barrotes de la cuna para conseguir que le dejemos levantarse. Pero, vaya, nada importante.

Ah, bueno. Si sólo se hace daño a sí mismo –le respondo levantando una ceja.

Lo que le pasa a tu hijo es que tiene una mente privilegiada, no le subestiméis de esa manera porque no tenéis ni idea –nos dice Alicia cruzándose de brazos–. Sabe que este mundo es una mierda y esa es su manera de mostrarlo porque todavía no sabe hablar.

¿Que el mundo es una mierda para Iván? –le dice Mariluz con una sonrisa irónica–. Si lo único que hace es comer, jugar, tirarse peditos y moquear. Lo peor que le ha pasado en la vida es que se le cayera un ojo a su peluche.

Hombre, pues yo todavía recuerdo cuando le clavé un boli en la cabeza a la Nancy de Mariluz y a ella no le hizo ninguna gracia. Por más que le expliqué que era una antena para escuchar Los 40 Principales no hubo quien la consolase.

Shhhh. La bestia duerme, no despertéis su ira –nos dice Salva bajito, saliendo de la habitación del pequeño Iván con mucho sigilo.

Gracias, gentil caballero. Se lo pagaré esta noche en mis aposentos, no olvide traer su espada desenfundada –le contesta Mariluz haciendo una femenina reverencia.

No me diga eso, preciosa dama. Está haciendo que me aprieten las calzas –le responde Salva.

Después coge una rama del ficus de plástico hay en el pasillo en un macetero, le arranca unas cuantas hojas con los dientes y las mastica mirando a Mariluz con fingida pasión.

¡Uh! Tenga cuidado, mi osado pretendiente, se está comiendo una pelusa. Hace tiempo que no le paso el plumero a ese falso ficus –le dice Mariluz poniéndose la mano en la boca de forma muy coqueta.

Por vos sería capaz de comer sobre el felpudo de la entrada –le dice Salva con la pelusa colgando de la nariz.

¿Por qué no tiras ya esa planta tan horrorosa, Mariluz? Si no engañas a nadie, se nota que es de plástico. Y te lo dice una miope –le digo observando la planta con desagrado.

¿Si? Pues yo me acabo de enterar. Llevo meses regándola –dice Salva mirando a Mariluz extrañado.

Cada vez que lo veo poniéndole fertilizante al ficus es que se me afloja el muelle de aguantarme la risa –dice Mariluz soltando una carcajada.

No me digas, Salva –le digo asombrada–. Oye, ¿podrías pasarte por mi casa para darle pienso al gallo que me trajo mi madre de Portugal? Es que no tengo a quién dejárselo cuando me vaya de viaje de novios –le digo al marido de mi amiga un poco suplicante.

¿Qué gallo? –me pregunta él.

Ese que cambia de color según el tiempo, el que es un termómetro –le contesto haciendo reír todavía más a Mariluz.

Siempre me has caído fatal –me dice Salva.

Me largo al salón a tomarme un vino. Aquí estáis todos mal de la cabeza –dice Alicia dirigiéndose al salón.

Tiene gracia que Alicia diga eso de nosotros, la misma persona que dice que hay un producto en su nevera que se come a todos los demás. ¿Cómo si no se le iban a acabar siempre tan rápido los flanes de chocolate viviendo sola? “¿Hola… has sido tú?”, me imagino a Alicia metiendo la cabeza en su nevera, susurrándole a un huevo. Después seguro que lo coge y se lo acerca a la oreja para ver si le contesta. Vamos, como si la estuviera viendo.

¿Cómo va eso, Raúl? ¿Necesitas ayuda con esa botella? –pregunta Salva asomándose por la puerta de la cocina.

No, sentaos a la mesa. Enseguida voy –le contesta Raúl sin darse la vuelta.

Qué a gusto se está con los amigos después de toda la semana trabajando, es muy reconfortante estar otra noche los cinco juntos. Los miro sentados a la mesa cenando, hablando y riendo, y me parece mentira que ya haga cinco años que Salva y Mariluz se casaron. Además, hasta les ha dado tiempo de tener dos niños, lo que es todavía más sorprendente. Me alegra mucho que una pareja que se conoció en el instituto se haya mantenido unida hasta llegar aquí, la verdad es que ya no hay muchos casos así y ellos dos se lo merecen. Pero pensar en todo eso me da a la vez un poco de vértigo, porque sólo faltan doce semanas para mi boda y tengo tantas cosas por hacer aún que no sé cómo nos lo vamos a montar Raúl y yo para tenerlo todo listo a tiempo. Todavía hay que hacer la mudanza de las cosas de Raúl a mi piso, falta su traje, no hemos decidido dónde vamos a ir de viaje de novios y tenemos invitados por confirmar. Qué envidia sana me da Alicia en este momento. Mírala a ella ahí, bebiendo vino tan tranquila y tan feliz. Bueno, feliz a su particular manera, es verdad. Alicia no se casaría ni aunque su vida dependiera de ello y es menos romántica que unas bragas de esparto. Cuando se acuesta con alguien le echa de su casa antes de que se haga de día, dice que le da manía que un hombre duerma en su cama, que a saber qué microbios traerá de la calle.

¿Qué es lo que lleva este conejo, Mariluz? Está muy bueno –le pregunto a mi amiga rebañando la salsa de mi plato con gula.

En cuanto termine con mi salsa pienso rebañar también la del plato de Alicia, que es a quien tengo más cerca en la mesa. Pero necesito trazar un plan para no ser descubierta…

No es conejo –dice Mariluz.

Ah, es pollo. Pues debe ser un pollo lechal, tiene unos muslos muy pequeños –contesto sonriendo mientras meto mi mano izquierda bajo mi servilleta y la deslizo lentamente hacia el plato de Alicia, con un trozo de pan entre los dedos.

¿Un pollo lechal? ¿Desde cuándo maman los pollos, Edith? –me pregunta Raúl con desprecio.

Ya estamos otra vez. No sé qué le pasará que todo lo que digo le molesta. Cualquier otro día lo del pollo lechal le hubiese hecho reír a carcajadas.

¿Pollo? Qué va, tampoco es pollo –me contesta Mariluz.

Ahora es el momento… A ver si puedo pillar también un trozo de pollo lechal mientras Alicia bebe vino. Y sí, pienso seguir diciendo ‘pollo lechal’ todo el tiempo que me dé la gana.

Son ancas de rana, Edith –dice Salva chupándose los dedos.

Toma ya, qué dominio tengo. Me acabo de meter en la boca el pollo lechal y el pan mojado en salsa del plato de Alicia. Y parecía que lo que estaba haciendo era limpiarme la boca con la servilleta.

¿Eh? Un momento…

¿Qué has dicho? –le pregunto a Salva sintiendo un calor incómodo en las orejas.

Que no es pollo, es rana –me contesta Mariluz.

Nunca las había probado. Pero es verdad lo que dicen, las ancas de rana saben a pollo –dice Raúl acercándose el tenedor a la boca con un trozo de esa cosa.

Después me mira saboreándolo, como intentando que sienta más asco todavía por lo que me acabo de comer.

¿Me estás diciendo que me he comido un bicho verde? ¿Un ser repugnante y resbaloso que vive en una charca? –vuelvo a preguntar con la esperanza de que alguien me diga que es una broma.

Lo cierto es que con tanta salsa por encima no he distinguido lo que me estaba comiendo. Al menos Mariluz le podría haber dejado los pies a las ranas para dar alguna pista.

La Organización de Anfibios Unidos no estará muy de acuerdo con tus ofensivas descalificaciones vertidas sobre su persona –me dice Salva lanzándome un trozo de pan.

¿Si? Pues la Organización de Anfibios Unidos pronto recibirá noticias de mis abogados. Ninguna rana tiene derecho a suplantar la identidad de un pollo lechal –le contesto con el estómago revuelto.

Tampoco es para tanto, Edith. Te has comido un par de ranas, ¿y qué? –me pregunta Salva riendo–. Piensa en Barrio Sésamo, Gustavo era una rana muy molona y no era para nada repugnante y resbalosa, ¿te acuerdas de él? ¿No te concedió una entrevista una vez?

No vas a conseguir que encima me sienta culpable. ¡Traidor! –le respondo sintiendo nauseas.

Sí, es verdad, una vez entrevisté a la rana Gustavo. Pero tampoco es necesario que me lo eche en cara. Fue unas navidades que quisimos dedicarle una página de la revista a los hijos de los lectores. Y aunque no debería desvelar el secreto, he de confesar que el de la foto era un falso Gustavo. La entrevista no me la concedió la verdadera rana.

Venga ya. Ahora no te vayas a hacer la delicada, que te has comido hasta el último trozo del plato de Alicia –me dice Mariluz riéndose también.

¿Que te has comido mi última rana? –me pregunta Alicia mirando su plato enfadada.

¡Eso es mentira! –digo haciéndome la ofendida–. Brindemos por Mariluz y Salva, que para eso estamos hoy aquí –digo seguidamente poniéndome de pie con mi copa en la mano, para desviar la conversación.

Vamos a ver –dice Alicia mirándome seria y poniéndose también en pie, provocando que me espere lo peor. Ahora sí que me la va a liar, lo sé–. Nunca creí que duraríais tanto, lo confieso, y ya sabéis lo que pienso –dice entonces mirando a Mariluz y a Salva. Parece que me voy a escapar–. Ese cuento del amor para toda la vida lo inventaron los conformistas y los que son tan ingenuos que creen que tener a alguien a su lado les traerá felicidad. A este mundo hemos venido a sufrir y no hay pareja que nos vaya a librar de eso. Más bien, todo lo contrario. Pero he de reconocer que os admiro por vuestra constancia y que me gusta veros juntos.

Raúl, Mariluz y Salva se levantan también de sus sillas con sus copas en la mano, aliviados al oír esa última frase de Alicia, y entonces ella prosigue con su brindis.

Aún así, no quiero que penséis que me estoy volviendo optimista, de modo que lo soltaré lo más rápido posible para que no sepáis exactamente lo que he dicho –dice antes de carraspear–. Os quiero mucho. Felicidades por vuestro aniversario de boda y muchas gracias por haberme dejado ser la madrina de vuestro primer hijo. Álex es mi persona favorita en este asqueroso mundo –termina diciendo con una velocidad pasmosa, aunque me ha parecido ver el brillo de una lagrimita de emoción en sus ojos.

Oh… Gracias, Alicia. Sé que te ha costado horrores decir eso –le dice Mariluz acercándose a ella para darle un abrazo.

Si es que en el fondo Alicia es un sol. Es la catastrofista más mona que he conocido nunca.

¡Felicidades, chicos! Me encanta veros tan felices después de tantos años –digo contenta brindando con todos.

Bueno, tampoco es para tanto. Cuando dos personas se quieren lo difícil es no estar juntos –dice Salva dándole un cariñoso beso a Mariluz.

Pues no quiero señalar a nadie, pero yo sé de dos que se conocieron hace siete años y que ya mismo se casan. ¡Uy, qué ganas tengo de ir de boda! –me dice Mariluz agitando los hombros con entusiasmo.

No me lo recuerdes, que me pongo muy nerviosa –le digo notando un vuelco en el corazón a causa de la emoción.

A pesar del estrés que me causa no tener la boda a punto, me hace mucha ilusión ponerme un vestido de novia, el momento de la ceremonia en la iglesia, el banquete, el viaje de novios y todo lo demás. Lo cierto es que llevo soñando con casarme desde que tengo uso de razón y no creo que pudiera hacerlo con otra persona mejor que Raúl. Él es mi otra mitad y sé que está tan enamorado de mí como yo lo estoy de él. No me pudo hacer más feliz cuando me propuso que nos casáramos hace unos meses, eso fue la confirmación de lo que siente por mí. Aunque yo ya estaba segura de ello.

Qué cómodo es el sofá de Mariluz. Es tan mullidito que es como estar metida entre algodones, me siento como un gusano de seda retozando calentito en su capullo y por eso no puedo evitar agitar feliz mis diminutas patitas. Flip, flip, flip. “Uh, espero que nadie me haya visto haciendo eso…”, pienso mirando de reojo a mis amigos. No me movería de aquí en toda la noche, más que nada porque he visto en la cocina unos dulces con muy buena pinta que ha traído Alicia y me parecen el acompañamiento perfecto para seguir bebiendo crema de whisky. Pero Raúl está haciéndome señas para que nos vayamos desde hace un rato y eso no me está dejando disfrutar mi momento nirvana como debería. Si mañana tuviera que trabajar lo entendería, pero hoy es viernes, y además es la cena especial de Mariluz y Salva. Estamos todos charlando y pasándolo bien, así que no comprendo a qué viene tanta prisa de nuevo. Ahora ya está confirmado que le pasa algo porque no soy la única que lo ha notado, Alicia también se ha dado cuenta. Y lo sé porque acaba de mirarme disimuladamente y hasta ha pronunciado una de nuestras claves secretas: “Aquí huele a fritanga”. De modo que, aunque tenga que abandonar el capullo imaginario que me he tejido en el sofá, voy a llevármelo a la cocina para hacerle un interrogatorio ahora mismo. Mis dotes de investigadora me pueden y necesito saber qué es lo que le tiene así, ya no puedo pasar más tiempo sin resolver este misterioso caso.

Raúl, ¿me ayudas a traer los dulces de Alicia? –le pregunto poniéndome en pie y dirigiéndome descalza a la cocina. He sentido la tentación de hacer un poco el gusano por el pasillo, pero después he pensado que me podrían ver desde el salón. Flip, flip, flip.

Cuando entro en la cocina espero a Raúl apoyada en la nevera con los brazos cruzados, mostrándole abiertamente que se va a iniciar una batería de preguntas. Y entonces él entra y me sorprende cerrando la puerta tras de sí con una actitud de lo más combativa, lo que me deja bastante descolocada.

¿Se puede saber qué te pasa hoy? –me pregunta enfadado.

¿Cómo dices? –le pregunto sorprendida.

Sí, ahora no te hagas la inocente. Llevas toda la noche intentando sacarme de quicio y al final lo has conseguido –me dice levantando un poco la voz.

Pero si eres tú el que lleva desde esta tarde con una actitud muy extraña hacia mí. Parece que te moleste hasta que respire –le contesto con el mismo tono de voz que él.

Deja de disimular, Edith, está claro que hoy estás buscando una discusión –me advierte señalándome con el dedo.

Uhhh… lo está haciendo. Me está señalando con el dedo y sabe que eso me da mucha rabia… Ya veo el anticiclón asomando por el horizonte. Viene en el Talgo, y va sentado al lado de un señor de Murcia.

¿De qué hablas, Raúl? Eres tú el que parece que tiene ganas de discutir, yo no he hecho nada fuera de lo común –le digo alterándome.

Pero, ¿esto qué es? Ahora va a resultar que yo le he estado provocando. ¿Y cómo he hecho eso? ¿Pidiéndole consejo sobre mi ropa? ¿Haciendo un par de bromas tontas? ¿Preguntándole si le pasa algo? No entiendo nada.

Sabes bien de lo que te estoy hablando, Edith. Suéltalo ya y no seas tan cobarde –me dice intentando sonsacarme.

Estás fatal, Raúl. No sé de qué me estás hablando –le digo comenzando a perder la paciencia.

Ya veo… no lo vas a hacer. Bien, pues no hace falta que me lo digas, yo sé lo que te pasa –dice asintiendo con cara de cínico.

Pues infórmame sobre el tema, porque no tengo Google a mano para mirarlo –le digo acercándome a él con los brazos cruzados.

Ya no me soportas –me dice como si estuviera dolido.

¿De dónde te has sacado esa tontería? ¿No habrás estado escuchando otra vez la discografía completa de Björk? Ya sabes que eso te provoca alucinaciones –le digo atónita.

Por favor, y luego se supone que la de las conspiraciones absurdas soy yo.

¿Cuál es la razón, Edith? ¿Es porque ya no me hacen gracia tus tonterías? ¿Porque pierdo la paciencia cuando me haces perder el tiempo? ¿Porque me pones de los nervios cuando te comportas como una idiota? Dímelo, por favor –me pregunta como si fuera a ponerse a llorar.

¡No, te estás equivocando! –le contesto de manera automática, intentando consolarle–.Te sigo queriendo tal como eres, nada ha cambiado.

¿Eh? ¿Qué es lo que ha dicho? ¿¡¿Me ha llamado idiota?!?

Por favor, sé sincera. Lo tendré que afrontar de todas formas. ¿Es porque me molesta tener que contar contigo para todo? ¿Porque tu mundo ya no es el mío? ¿Porque ya no me atraes sexualmente?

¿Pero qué…? –digo sin que Raúl me deje continuar la frase.

¿Es porque últimamente me aburres? ¿Porque creo que me merezco a alguien mejor? ¿Porque has notado que ya no estoy enamorado de ti? –dice pasándose la mano por el pelo con fingida desesperación.

En ese momento oigo a Iván llorando a berrido limpio en su habitación y a Salva quejándose con fastidio de que tiene que ir a dormir al pequeño cabezota de nuevo. Es como si el niño hubiese notado el suceso denigrante que acabo de vivir, se me ocurre pensar. Su llanto es una señal de que mi vida va a cambiar de rumbo en este mismo instante, sin previo aviso y de la forma más inesperada. No había nada que me hubiese hecho predecir esto hace unos segundos, así que no he tenido la oportunidad de prepararme para ello. Me siento como si me hubiesen colocado aquí de repente sin darme cuenta, como si estuviera fuera de lugar.

No me equivoco, ¿verdad? Entonces supongo que ya no hay boda –me dice encogiéndose de hombros, mirándome como si estuviera apenado.

Eres un mierda –le contesto cuando consigo salir de mi asombro–. Eres tan ruin que me estás culpando a mí de lo que tú sientes. No sabías cómo decirme que ya no te quieres casar conmigo y por eso llevas toda la noche buscando discutir, ¿verdad? Ahora me he dado cuenta.

No quiero que lo veas de esa manera. Siento que no me hayas podido dar lo que necesito y que esto haya tenido que acabar así, pero no te guardo rencor. Que te vaya bien en la vida, Edith –me dice abriendo la puerta y saliendo de la cocina.

Esto no puede estar pasando, no he debido entenderle bien”, me digo con un nudo en la garganta y una sensación muy grande de humillación. Pero unos segundos después oigo la puerta de casa de Mariluz cerrándose y comprendo que Raúl se ha ido. Así, sin más. Todo ha ocurrido a mucha velocidad y no me ha dado la opción de pedirle explicaciones sobre lo que acaba de hacer, ni de que me diga desde cuándo piensa todo eso de mí. Seguramente no se atreve a hacerlo y esta es su manera de huir del problema, quitándose de en medio. Ya se ha quitado el peso de encima pasándomelo a mí. Muérete ahí con él, Edith. Ahora apáñate tú sola con el daño que te he hecho.

¿Qué ha pasado? ¿Se ha ido Raúl? –me pregunta extrañada Mariluz cuando entro al salón como una zombi para coger mi abrigo. Todavía no puedo creérmelo.

Raúl me acaba de dejar. No quiere casarse conmigo –contesto sintiéndome aún peor al oír las palabras saliendo de mi boca.

Lo acabo de hacer oficial, esto es muy real.

¿Qué? –exclama Alicia con sorpresa.

No puedo hablar, necesito estar sola –les contesto poniéndome el abrigo y rompiendo a llorar. Si es que no me ha dado tiempo de asimilarlo. ¿Cómo ha podido pasar esto, si hasta hace un momento estaba feliz y riéndome de tonterías?

A continuación me apresuro por el pasillo sin decir adiós para intentar salir rápidamente de casa de Mariluz y al llegar a la calle la oigo llamarme tras de mí.

¡Edith, no te vayas así! ¡Cuéntanos qué ha pasado! –me grita preocupada desde la escalera. Pero yo en este momento me siento incapaz de repetir delante de mis amigas todas las cosas horrorosas que me acaba de decir Raúl y corro calle abajo sin importarme ponerme empapada bajo la lluvia, salpicándome las medias y mi falda hecha en China al pisar sin miramiento los charcos.

Al cruzar asfixiada Plaza Mayor unos minutos después, me encuentro de frente con un taxi. Sollozando me subo a él desesperada y hago el camino hasta mi casa ignorando las insistentes llamadas de Mariluz y Alicia. Ahora mismo no quiero hablar con nadie, ni siquiera con mis amigas de toda la vida. Todos mis planes de futuro y mis ilusiones se acaban de ir junto a Raúl y necesito tiempo para hacerme a la idea.

© Rosario Vila, 2015

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