1er Capítulo de Glossy Look


GLOSSY LOOK¿Dónde estoy? No recuerdo haber pintado de negro y gris mi habitación. Y parece que haya agrandado… ¿Quién le habrá puesto una pantalla nueva a mi lámpara?, ¿habrá estado aquí mi padre?…. Uy, esos zapatos de ante no son de mi número, ¿por qué me los habré comprado?… Y a mi oveja de peluche se le ha puesto un pelaje

extraño… Por cierto, ¿le está saliendo barba? –me pregunto extrañada mientras estiro el brazo hacia el lado izquierdo de la cama para comprobarlo.

Buenos días.

¡¡¡Aaaaaah!!! ¡No te acerques a mí, peluche diabólico! –le grito horrorizada a un completo extraño que se está haciendo pasar por mi oveja de peluche.

¿Quieres desayunar? –me pregunta tumbado a mi lado en la cama.

¿Quién eres tú? –le digo asustada tapándome hasta el cuello con las sábanas–. ¡Sal de mi casa ahora mismo o llamo a la policía!

¿Estás soñando? ¿No serás sonámbula? Haré café, debes de ser de esas personas que no funcionan hasta que se meten cafeína en el cuerpo.

¡Ni se te ocurra entrar en mi cocina! ¡Y no toques mi cafetera! –le grito enfadada.

Pero no es tu cafetera. Yo también tengo una, ¿sabes? Desde que descubrieron el aluminio las venden por todas partes –me contesta riendo mientras se levanta–. Además, esta es mi casa. Anda, date una ducha si quieres, mientras tanto iré haciendo el desayuno.

Pero, ¿qué se habrá creído? ¡Esta casa es mía! Con lo que me cuesta pagar el alquiler. Y además, ¡pero qué cara tiene, si incluso ha puesto una foto suya sobre mi mesita de noche! Por favor, y que me pase esto con el dolor de cabeza que tengo. Me siento como si me hubiese bebido un tonel de ron. O dos. O puede que haya vuelto a intoxicarme con el quitaesmalte. Ahora que lo pienso… Sandra todavía no me ha devuelto mi laca de uñas Ultra Tigress Attraction. En cuanto la vea se lo pido.

Creo que en los círculos de los entendidos le llaman resaca –me dice el desconocido examinando mi cara, ya en pie–. A lo que tú tienes, quiero decir. Para ser tan menuda bebes como un cosaco –me informa con expresión de impostada admiración mientras yo lo miro sorprendida.

El completo extraño se aleja y se dirige a un lugar confuso para mí al que él llama “su cocina”, y entonces me refriego la cara con las manos confundida, comenzando a sentir unas náuseas que me hacen aterrizar en el planeta Tierra. No tengo ni idea de lo que me está hablando, pero de repente empiezo a sospechar que el extraño podría estar en lo cierto. Porque veo a las pocas neuronas que parecen funcionarme ahora mismo cantando y bailando delante de mi vista. Llevan collares de flores y unas pequeñas faldas con flecos, y están contoneándose al ritmo de una musiquilla hawaiana.

¡Tienes toallas limpias junto a la ducha! –me dice el extraño alzando la voz desde algún lugar de la casa.

Me incorporo con mucha dificultad con la cabeza dándome vueltas y después me siento en la cama apretando los ojos para intentar visualizar lo que pude hacer anoche. Pero por más que me esfuerzo lo único que recuerdo es estar bailando YMCA de los Village People mientras se me subía el vestido y enseñaba las bragas. Además de al salido y ridículo de Sergio –uno de los comerciales de Glossy Look, la empresa donde trabajo– bailando a mi alrededor, desatándose enloquecido la corbata y dándole vueltas por encima de su cabeza como si fuera un cowboy. Ay, no… creo que anoche le robé el título de gilipollas… Y con lo obseso sexual que es seguro que pensó que quiero liarme con él…

Me levanto de la cama y comienzo a mirar a mi alrededor angustiada. Veo mi ropa tirada en el suelo de cualquier manera y al coger mis medias descubro que tienen dos agujeros enormes por debajo de las rodillas. Me miro en el espejo que hay sobre la cómoda y doy un respingo asustada al ver mi reflejo en él. Tengo una de mis pestañas postizas pegada en el pómulo izquierdo y el moño completamente deshecho, parezco un gato callejero recién salido de un after. Y entonces empiezo a sentirme muy avergonzada pensando que el completo extraño acaba de verme con estas pintas. Bueno, aunque lo mismo ni se ha dado cuenta, porque estaba recién levantado.

Tienes una pinta horrible. ¿Quieres una aspirina o prefieres un peine? –me dice el extraño asomándose por la puerta.

El ser sin identificar desaparece de mi vista y yo me lío la sábana al cuerpo todavía más hasta que parezco un tuareg. Me apresuro por el pasillo siguiéndole a hurtadillas montada en mi camello invisible y cuando llego a la cocina me asomo disimuladamente observándole con desconfianza.

Sé que estás ahí mirándome. Pasa, no te voy a hacer nada, desconfiada –me dice de espaldas a mí mientras hace el desayuno.

¿Quién eres? –le pregunto todavía asombrada.

Sabes quién soy, nos conocimos anoche.

Pero no lo recuerdo, no te conozco de nada –le respondo.

Pues yo a ti sí. Me mostraste una parte de tu personalidad muy interesante –me responde.

¿De verdad? –le pregunto intentando identificar sin éxito algún detalle que pueda resultar interesante sobre mí.

Sí, pero no hiciste nada de lo que avergonzarte, no te preocupes –me dice quitándole importancia al asunto–. Sólo me cantaste todo el repertorio de Julio Iglesias, abriste un preservativo y te lo metiste en la boca pensando que era un chicle, y me vomitaste en los pantalones cuando te empeñaste en que podías hipnotizarme haciéndome mirar ese lunar que tienes en la nuca.

¿Qué? –exclamo sorprendida.

Sí. Ah, y también te pusiste a llorar porque no podías dormir sin tu oveja de peluche, pero fue sólo un ratito.

¡Yo nunca he podido hacer esas cosas! –le digo ofendida y completamente avergonzada.

Pues las hiciste, créeme. Si no, ¿por qué está todo el sushi que cenaste anoche en mi ropa? –contesta girándose hacia mí.

Pero yo no tengo una oveja de peluche, así que no he podido llorar por ella –le digo para disimular.

Ah, ¿no? ¿Y por qué tienes una foto suya como fondo de pantalla en tu móvil que dice “mi bebé”? –me pregunta aguantándose la risa.

¡Me voy a mi casa! –le grito horrorizada.

Al menos tómate un café antes de irte. Venga, no es para tanto, todo el mundo hemos hecho cosas de esas cuando hemos bebido más de la cuenta.

No quiero nada de ti, persona sin identificar. ¡Y podrías haberte puesto algo encima! No me parece normal que vayas en ropa interior delante de una extraña –le digo alejándome de él disgustada.

Pues anoche llevaba menos ropa y no te importó. De hecho, fuiste tú quien me la quitó entusiasmada cuando llegamos aquí –dice acercándose a mí sonriente.

La verdad es que, al mirarlo con detenimiento, no me extraña nada que haya acabado aquí esta noche. El completo extraño tiene una de esas miradas medio lánguidas que te dejan embobada y lo cierto es que está muy bien… Pues sí.

Aléjate de mí. Si te piensas que me voy a tragar eso estás muy equivocado. Yo nunca me abalanzaría sobre ningún desconocido –le digo levantando la barbilla con orgullo.

–“Oooh, Marcos. Hazme una mujer”. ¿Te suena? –me pregunta.

¿Qué? Yo nunca diría esa tontería –le contesto colorada como un tomate–. ¡Me voy! –digo seguidamente saliendo a toda prisa de la cocina.

¡No te vayas, el café ya está hecho! –me grita él desde allí riendo.

Por cierto, ¿dónde estoy? –le pregunto volviendo a la cocina al darme cuenta de que no lo sé.

En La Gran Vía, tienes una parada de metro justo abajo. ¿Quieres que te acompañe a tu casa?

No, no hace falta, gracias. ¡Sé cuidarme sola! –le respondo dándome un sonoro cabezazo con el marco de la puerta al intentar echar a andar con exagerada dignidad.

¿Te has hecho daño? –me pregunta el completo extraño preocupado por el estruendoso impacto.

¿Eh? Qué va, ha sido un golpecito de nada –consigo responderle completamente mareada por el golpe mientras avanzo por el pasillo agarrándome a las paredes con disimulo.

Te llamaré –me dice.

Lo siento, pero no suelo darle mi teléfono a desconocidos –le contesto deseando desaparecer de su vista para frotarme con la mano el enorme chichón que está a punto de salirme.

Ya lo has hecho –me contesta–. No me permitiste dormirme hasta que no me lo aprendí de memoria.

Cuando subo al metro voy con un nudo en la garganta debido a la vergüenza, intentando recordar cómo he podido llegar a esta situación. Ayer fui a trabajar. Me comí un menú infantil en el Fast Food King. Volví al trabajo. Me quedé dormida unos minutos en la sala de la máquina del café… Pero eso es porque allí hace mucho calor. Casi terminé de repasar todas las facturas que tenía atrasadas. Se me cayó el bote de quitaesmalte abierto sobre la falda nueva de la cotilla de Carolina. Y a las siete de la tarde… a las siete de la tarde… ¡Claro, a las siete de la tarde fuimos todos a “celebrar” el ascenso de Miss Ladilla Trepadora 2014! Cenamos en un japonés porque a Miss Ladilla Trepadora le gusta ese sitio. Después fuimos a ese club tan in porque a ella le encanta. Y después acabamos en ese sitio hawaiano porque Miss Ladilla Trepadora quería ver a alguien que iba a estar allí. En efecto, por eso mis neuronas cantaban Aloha esta mañana… Bien, Lola, medio jeroglífico descifrado.

La verdad es que yo no tenía ningunas ganas de ir ayer a la celebración de esa arpía estirada de recursos humanos. Bueno, ni a la de anoche ni a ninguna de sus fiestas ni reuniones. Me apetecen lo mismo que cortarme un brazo, o que acostarme con Sergio: el comercial tan repulsivo y tan desesperado por acostarse con alguien que trabaja conmigo. Pero es que no puedo negarme a participar en sus actividades organizadas, supuestamente, para motivarnos y facilitar la comunicación entre nosotros. Desde que hizo ese curso para fomentar el trabajo en equipo y todas esas técnicas para lavarnos el cerebro que se han puesto tan de moda, siempre tiene una excusa para que los trabajadores de Glossy Look –una importante multinacional de cosméticos– nos reunamos fuera de la empresa y nos sintamos parte de lo que ella llama la “Nave Nodriza”. O lo que es lo mismo, el sitio donde puede aparentar y donde puede ejercer su poder maléfico sobre nosotros. Una vez intenté negarme a participar en uno de sus tejemanejes para manipularnos y me tuvo un mes entero haciendo de su recadera personal. Me pilló escupiendo un poco en su café durante una de las doscientas ocasiones en las que se le antojaba uno sólo para fastidiarme y desde entonces, no sé por qué, no me puede ni ver.

Al llegar a casa todavía estoy estrujándome el cerebro a la búsqueda de alguna pista que me permita solucionar este caso misterioso que me ocupa y que me tiene tan intrigada. ¿En qué momento conocí al completo extraño? ¿Quién es? ¿Cómo llegué a su casa? Y lo más importante, ¿por qué se me ha corrido esta máscara de pestañas tan cara que se supone que es water proof? Por cierto, no voy a volver a creerme nada de lo que sale en los anuncios de la tele, porque por más capas que me dé a mí nunca me quedan esas pestañas con superpoderes.

¿Qué te ha pasado? Parece que te hayas peleado con Chuck Norris –me dice Adrián, mi universitario y picaflor compañero de piso, que lleva casi ocho años cursando la carrera de Humanidades.

No tiene gracia, Adrián. Ni siquiera lo sé y eso me tiene muy preocupada –le contesto sentándome abatida con él en el sofá.

¿Que no lo sabes? Pero, ¿de dónde vienes a estas horas? –me continúa preguntando–. Son casi las dos de la tarde.

De casa de un ser sin identificar. Parece ser que anoche me acosté con él después de celebrar el ascenso de Miss Ladilla Trepadora 2014, pero no lo recuerdo… –le digo a Adrián.

¿Por qué? ¿Te han hecho una lobotomía? –me pregunta riéndose de mí.

No lo creo, lo más probable es que me bebiera hasta el agua de los floreros y ahora tengo tal resaca que no sé ni cómo le conocí. Para una vez que me acuesto con alguien, al menos podría acordarme –le respondo frustrada.

Perdiste tu oportunidad, eterna adolescente. Así aprenderás a cumplir los objetivos de año nuevo. Las pasadas navidades prometiste que no volverías a beber ron nunca más. ¿A que es eso lo que te ha pasado? Te conozco como si te hubiese parido –me dice él.

Y tú prometiste que acabarías la carrera hace dos años y después de ocho todavía estás en tercer curso –le contesto ofendida.

Porque el rector me tiene manía. ¿No ves que no es normal que nunca consiga llegar a cuarto? –me contesta él.

Sí es normal, Adrián. Te pasas el día jugando al Candy Crush Saga y ya te han pillado copiando en los exámenes como diez veces.

Eh, oye, que la última vez se trataba de un método tecnológico altamente estudiado y desarrollado. Mi sistema de intercomunicación inalámbrica asombraría al mismísimo Stephen Hawking. No sabes el tiempo que pasé perfeccionándolo –me dice con despreocupación.

Ah, ¿si? ¿Y por qué no invertiste ese tiempo que pasaste perfeccionándolo estudiando para los exámenes? –le pregunto con ironía.

¿Y por qué pierdes tú el tiempo yendo a celebrar el ascenso de alguien que te trata como a una esclava? –me replica él.

Porque me sentí coaccionada. ¿Qué quieres, que me coja más manía de la que ya me tiene, insensato? Ya sabes lo que pasó cuando me pilló atascando el lavabo de la empresa con los leggins a rayas tan horrorosos que me regaló por mi cumpleaños –le digo poniéndome a la defensiva–. Imagínate lo que sería capaz de hacer ahora que es un ser todavía más superior en la “Nave Nodriza”.

Pero podrías haber ido a cenar y luego volver a casa poniéndole una excusa. Eres una chaquetera –me dice resoplando.

Eso es exactamente lo que intenté hacer, listo. Vas a ser el jubilado más avispado de la universidad. Nunca pidas una beca Erasmus, porque con tu edad lo que te van a dar es un viaje a Benidorm con los del Imserso.

Bah, qué exagerada –me dice sin darle importancia a la merecida estocada que le acabo de dar con mi espada de rayos láser imaginaria–. Pero al menos sabrás por dónde saliste. Y alguien te habrá visto irte con él. Pregunta en el trabajo el lunes y saldrás de dudas, no es para tanto –me dice estirándose en el sofá y poniendo sus piernas sobre mi regazo–. Yo muchas veces no recuerdo ni el nombre de las tías con las que me acuesto.

Adrián, además de ser un “niño” de papá que sólo sigue estudiando para que su bien situado padre siga manteniéndolo, es un mujeriego empedernido que nos llena la casa de tetonas universitarias y conquistas varias. Lo cierto es que es un chico guapísimo con unos enormes ojos verdes. Tiene más labia que un vendedor de ADSL y siempre sabe qué decirles a las chicas para camelárselas. Tiene el don de saber en todo momento qué pueden querer oír y las deja tan enganchadas que más de una vez sus compañeros de piso hemos tenido que decirles que ya no vive aquí, o cualquier otro de sus rollos para quitárselas de encima.

Sé dónde estuve, lo que no recuerdo es haberle conocido ni haber ido a su casa –le digo a Adrián intentando hacer memoria.

¿Dónde estuviste? –me pregunta, creo que por preguntar, porque tiene el smartphone en la mano y veo que acaba de empezar una partida al Candy Crush. Ni siquiera me está mirando.

Fuimos a cenar a un japonés de Balmes y luego fuimos a tomar una copa a un club que acaban de inaugurar –le contesto mientras me estiro con él en el sofá.

Una copa dices, ¿eh? Más bien sería un copón. ¿Y ya no recuerdas nada más? –me pregunta mientras me pasa la mano que tiene libre por detrás del cuello sin perder detalle de su partida.

Si Adrián, el faldero que se hace pasar por universitario, tuviera la misma capacidad para estudiar que tiene para jugar a esa cosa ya sería catedrático. Hay que ver qué facilidad de aprendizaje tiene para eso.

Sí, pero lo último de lo que me acuerdo es que estuve bailando en un bar hawaiano muy hortera. Miss Ladilla Trepadora quería ver a alguien que iba a estar allí, un tal Marcos.

Eres tonta, no deberías dejar que te manipule de esa manera –me dice dándome un beso en la frente.

Uuuuh, ¿pero qué te ha pasado? –me pregunta Dani poniéndose la mano en el pecho dramáticamente cuando sale de su habitación con su pijama de Britney Spears–. Pareces una zapatilla vieja, nena.

Gracias, Dani. Tú también estás muy sexy con tu pijama de Britney Spears –le contesto enfadada cruzándome de brazos.

No te metas con ella, Dani. Le han practicado una “pussytomía” –le dice Adrián riendo.

Qué gracioso eres, ¿no? Pues que sepas que estoy muy preocupada, insensible –le contesto ofendida.

¿Una “pussytomía”? Uuuuuh, qué suerte –le contesta Dani.

Pero se la hicieron tan bien que no se acuerda, así que no le pidas detalles –dice Adrián haciendo un chasquido con la lengua.

Uuuuuuh –le contesta Dani.

Dani es un pequeño ser de metro sesenta que se dedica a diseñar bisutería en su habitación, o lo que él llama, su “oficina de la Señorita Pepis”. Tiene novio desde hace seis años, un imitador de Michael Jackson llamado Rony Neverland, pero no quiere irse a vivir con él para no estropear ese algo tan bonito que ahora tienen, según sus teorías. Aunque la excusa extraoficial es que Rony tiene un mono como mascota y a Dani le da miedo. Una vez nos contó que el mono le atacó una mañana mientras moldeaba unos pendientes con forma de plátano y desde entonces evita a toda costa quedarse solo en casa de Rony. Puede que haya desarrollado una fobia.

¡Hola, compis! ¿Queréis pizza? Nos han sobrado algunas esta mañana –nos ofrece Sandra llegando de trabajar–. Oh, ¿te han ataco los albano kosovares? –me pregunta sorprendida al verme.

No, Sandra. Le han dado un meneo paranormal –le dice Dani.

¿Un meneo paranormal? ¿Eso qué es? –le pregunta ella.

Eso es cuando echas un polvo y no te acuerdas. Como no lo tienes grabado en la mente nadie te cree. No existe, pero existe, ¿entiendes? –le contesta Dani.

No… –dice Sandra confundida.

Uuuuuh, Sandra. Qué corta de entendederas eres, nena. A ti lo que te hace falta es que te roben la flor de una vez. Dicen que la virginidad provoca cáncer de esfínter, ¿lo sabías? –le dice Dani poniéndose la mano en la mejilla.

No insistas, Dani. Pienso llegar virgen al matrimonio y mi primera vez será con mi príncipe azul. Para mí el sexo no es placentero sin amor, ya lo sabes –le contesta Sandra.

¿Y eso cómo lo sabes tú si no lo has probado? Pues tengo noticias para ti, romántica del Renacentismo, que sepas que un buen meneo con un paje morenito y cuadrado es mucho mejor que una noche de bodas con un príncipe azul. La monarquía está a punto de extinguirse, nena. Que viva la república de los pepinos de huerto ecológico –le dice Dani.

Qué desagradable eres, Dani. No digas esas cosas cuando hay hombres delante, por favor –dice Adrián con desagrado–. Además, no nombres los pepinos en esta situación, ¿no ves que a Lola ahora mismo se le repiten? –acaba la frase riendo.

Uuuuuh. Pero si no se acuerda, ¿no? Era un pepino paranormal, de los que existen pero no existen –le contesta Dani.

Eso es lo que pasa por tener relaciones sexuales sin estar casado, Lola. Lo pone muy claro en todos los libros de religión –me dice Sandra.

Yo creo que si le rezas tres Padres Nuestros a San Prepucio no irás al infierno por ello, Lola. Arrodíllate y reza, pecadora –me dice Adrián siguiendo la guasa de estos dos insensibles a mi desgracia–. Uy, perdona por haber mencionado lo de “ponerte de rodillas”. Mejor reza de pie.

¡Parad ya, esto no tiene ninguna gracia! Me he llevado un susto de muerte cuando me he despertado y he visto a ese tío durmiendo a mi lado. ¡Y encima he hecho un ridículo enorme! Me ha dicho que anoche hice unas cosas vergonzosas; que le vomité encima, que me intenté comer un preservativo y que me abalancé sobre él. Y por si eso fuera poco, además me he dado un golpe en la cabeza delante de él que casi me mato al intentar salir pitando de allí. ¡Soy más tonta que el que baila la música del Telediario! –les digo casi a punto de llorar.

¡Oh! –exclama Sandra sorprendida.

Bufff –responde Adrián.

Uuuuuuh –dice Dani con los ojos como platos y la mano en la cintura.

Mis tres compañeros de piso comienzan a mirar disimuladamente por el salón sin mediar palabra. Después Dani se sacude la parte superior de su pijama de Britney Spears como si tuviera algo enganchado en él. Sandra se pone a leer los ingredientes de las pizzas que ella misma hace en la cafetería y Adrián hace como si estuviera comprobando algo en su smartphone. Pero al cabo de unos segundos comienzo a oír un sonido sospechoso que me parece una risita ahogada, y luego otra y otra hasta que comienzan a hacerse más sonoras y se convierten en carcajadas. Adrián se ríe tanto que hasta se le cae su amado smartphone de la mano, mientras Sandra y Dani comienzan a abrazarse ahí de pie quedándose flojos de la risa.

¡Me voy a la cama! ¡No tenéis corazón! –les grito enfadada.

No te enfades, tonta. No me dirás que la cosa no tiene gracia –consigo descifrar que dice Adrián entre carcajadas.

¡No, no la tiene! ¡Eres un jubilado de papá irresponsable! ¡Y tú, Dani, eres una loca sin criterio musical! ¡Y tú, Sandra, tienes casi treinta años y todavía eres virgen! ¡Devuélveme mi laca de uñas Ultra Tigress Attraction, ya!

Me voy decidida a mi habitación con un enfado monumental. Pero cuando cierro la puerta y llevo unos minutos tirada en mi cama oigo a Dani comentar que a él una vez le dieron un “rabanazo” accidentalmente en un ojo mientras hacía sexo oral que se lo puso morado. Sin poder evitarlo, eso me hace gracia y poco a poco se me va pasando el enfado.

Despierto unas horas más tarde con mi móvil sonando insistentemente. Me sigo encontrando todavía tan mareada que por unos segundos decido no cogerlo. Pero de repente, como si de una revelación se tratara, veo la imagen de mi hermana Violeta flotando en una nube con su dulce cara delante de mis ojos. Le acompaña una música celestial y lleva puesto un manto dorado y unas flores en el pelo, pero todo eso contrasta con las bragas de cuello alto que tiene en la mano y con las que intenta sacudirme. ¡Ay, no! ¡La fiesta de cumpleaños de mi sobrina!

¡Lo siento, Violeta! ¡Lo siento mucho, de verdad! No me ha sonado la alarma y me he quedado dormida –me excuso horrorizada.

¡No mientas, mala tía! No te has acordado porque siempre estás pensando en tus cremas hidratantes y tus lacas de uñas. ¡Y te lo recordé hace una semana, egoísta! –me grita ella.

De verdad que no, ahora mismo voy para allí. ¡Que no apague las velas sin mí! –le digo nerviosa dando un salto de la cama.

¡Ese es el problema, que no quiere apagarlas hasta que no le traigas el libro de Freud que le prometiste! ¡Como no estés aquí en veinte minutos le cuento a mamá que fuiste tú quien rompió aquel jarrón de su abuela!

Oh, por favor. ¿Cómo encuentro yo ahora un libro de Freud y llego a casa de mi hermana en veinte minutos? Se me había olvidado por completo la fiesta de cumpleaños de Vera y lo del libro todavía más. Pero, ¿cómo es posible que a una niña de seis años le puedan interesar esas cosas? Si yo casi no sé ni quién es Freud. Si me lo hubiesen preguntado a mí a su edad hubiera dicho que era un cantante de Rap. Pero ella se pasa el día dando vueltas por el jardín de su casa recitando poesía y teorizando sobre los agujeros negros. La quiero con locura, pero tengo que admitir que esa niña es muyyy rara. Y a mí desde luego no ha salido, porque yo por los únicos agujeros negros por los que me preocupo son los que se me hacen en las medias cuando me pongo mis botas de tacón. Que, por cierto, las tengo que llevar a que les pongan suelas nuevas, porque el otro día casi me quedo sin dientes bajando del metro.

Oh, la insoportable levedad del ser –dice mi sobrina con dramatismo cuando me ve aparecer sudorosa y asfixiada por la puerta.

Después se sube sus gafas con un dedo como una auténtica bibliotecaria y seguidamente se cruza de brazos mirándome enfadada tras su tarta de cumpleaños.

¡Feliz cumpleaños, Vera! –le digo dando palmaditas con mucho entusiasmo para disimular.

Hm… –me responde ella.

Mira lo que te ha comprado tía Lola. Es algo que te va a encantar –le digo dándole un sonoro beso y entregándole el dichoso libro de Freud envuelto con un gran lazo rosa.

Sé lo que es, es el libro que te pedí. Psicopatología de la vida cotidiana, de Sigmund Freud. Reconocería esta portada aunque tuviera los ojos cerrados –me dice ella intentando esconder su alegría a causa del enfado que parece sentir por mi culpa–. Me voy a leerlo –nos dice a todos sin mirarnos.

Primero tienes que apagar las velas, cariño. Esto sólo pasa una vez al año –le dice mi hermana con entusiasmo para intentar convencerla.

Oh, habrá más cumpleaños. No sufras por eso, mamá. Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar –le contesta mi sobrina mientras se aleja contenta con su preciado tesoro en las manos.

¿Lo ves? Esto es por tu culpa, Lola. Se ha cansado de esperar y ya no quiere ni apagar las velas –me dice mi hermana enfadada.

Oh, tu hija es muy rara, Violeta. No vayas a echarle ahora las culpas de eso a tu hermana, la has parido tú –le contesta mi madre enfundada en su traje tornasolado.

Desde que se divorció de mi padre a mi madre le ha dado por ponerse todos los vestidos de boda que coleccionaba en el armario y ahora la conocen en el barrio como “Constantino de Bulgaria”. La gente es muy envidiosa.

Gracias mamá –le digo bajito a mi madre para que mi hermana no se entere, a lo que ella responde dándome unas palmaditas en la mano.

¿Dónde has estado? Tienes una pinta horrorosa –me dice mi hermana cuando mi madre se va a hacer vida social por la casa.

Anoche tuve que ir a celebrar el ascenso de Miss Ladilla Trepadora y luego tuve un pequeño percance, por eso casi me pierdo el cumpleaños. Lo siento mucho, Violeta, de verdad –le contesto sintiéndome súper mal por mi mala cabeza.

¿Un percance? ¿Qué te pasó? ¿Tuviste un accidente? –me pregunta mi hermana preocupada.

No, no es eso. Es que bebí más de la cuenta y esta mañana me he despertado en la cama de un hombre al que no conozco de nada –le digo volviéndome a preocupar por esta extraña situación.

¡Oh! –exclama ella–. Pero, ¿estaba bueno, al menos?

Pues lo cierto es que sí. Pero parece ser que hice un poco el ridículo delante de él, así que espero no verlo nunca más –contesto tapándome la cara horrorizada.

No me lo digas, te pusiste a llorar en la cama porque no tenías a tu oveja de peluche, ¿verdad? –me pregunta mi hermana riendo.

¡Yo nunca lloraría por mi oveja de peluche! –le digo asombrada.

Sí, siempre lo haces. ¿Por qué sigues intentando esconderlo, Lola? El día que llovió tanto y tuviste que quedarte a dormir en mi casa te pasaste la noche entera gimoteando porque la echabas de menos –me dice riéndose todavía con más ganas.

¿Y tú cómo sabes que mi oveja tiene algo que ver con lo que hice anoche? –le pregunto cortada.

Porque te lo he visto en la cara. No hay cosa que más vergüenza te dé que alguien se entere de eso. Y no me extraña, porque ya hace más de veinte años que no tienes edad para dormir con ella –me dice sin parar de reír–. No le habrás hecho también el numerito de Julio Iglesias, ¿no?

¿Eh? ¿Qué dices? ¿Cómo voy a hacer eso? –exclamo sintiendo un repentino sofocón.

Pffff…. ¡Lo has hecho! –dice ella.

Mi hermana Violeta se va hacia el jardín riéndose a carcajadas, provocando que todos los invitados la miren extrañados. Y yo me quedo en el salón deseando que me trague la tierra, al menos hasta que consiga olvidar esta situación tan vergonzosa que he vivido hoy. Me siento llorosa en el sillón mirando a mi alrededor frustrada. La cabeza empieza a dolerme otra vez y al tocarme el chichón que me hice hace unas horas noto que ya tiene el tamaño de una pelota de ping-pong. Me pongo a buscar una aspirina en mi bolso entre todos los potingues y cremas que llevo siempre en él, pero no consigo encontrarla y decido sacarlo todo para buscar con más facilidad. Cuando saco mi móvil veo que tengo un mensaje y al abrirlo me asusto tanto al ver de quién es que me vuelve a dar un sofoco y se me olvida por completo lo que estaba buscando en el bolso.

Marcos:

La parte buena fue perfecta. Lástima que no te acuerdes, fierecilla amnésica”.

© Rosario Vila, 2014

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