Capítulo 1, Quinta parte


… ¡Por el lunar de Rupert! ¿Y ahora qué hago yo? Si espero a que Pietro me pague lo que me debe para comprar una lavadora nueva se me pueden caer los nudillos de tanto lavar a mano. ¿Y si le pido dinero prestado a alguien? ¿A mis padres, quizá? ¿A Macarena o a Rufi? No, no puedo hacer eso… Rufi y Macarena están siempre igual de pelados que yo y a mis padres todavía les debo el dinero que les pedí prestado para comprar la nevera el año pasado.

Bueeeno, es verdad, Pepe. Quizá no fuera una nevera en lo que me gasté el dinero. Pero todo el mundo necesita irse de vacaciones, ¿no? El otro día vi en la tele que un mes de vacaciones te alarga la vida dos días, lo que, si haces cuentas, neutraliza los dos días de vida al mes que te quita el tabaco. Si añado a eso los beneficios de una copa de vino tinto diaria me alargo la vida otro dos. A los cuales, si les resto los dos que me la acorta la bollería industrial, me quedo a cero. Así que no me puedo permitir desaprovechar un mes de vacaciones. ¡Los números nunca mienten!, me digo mientras vuelvo a estirarme en el sofá a valorar el problema.

Piensa, piensa… Tiene que haber alguna manera de conseguir el dinero. No está bien que con veintiocho años le pidas más dinero a tus padres. Si proyectas tus pensamientos positivamente y con decisión la solución se materializará. Es de todos bien sabido que desear algo con mucha fuerza hace que se convierta en realidad. Sí… ya puedo verlo… Un fajo de euros se desliza lentamente por debajo de la puerta del salón… ya casi puedo cogerlo… Sí, estira la mano y tócal…

No me lo puedo creer. He debido quedarme dormida en algún momento de mi proyección, porque miro el reloj y marca la una de la madrugada. La televisión sigue encendida y como me he despertado con hambre decido quedarme un rato más viéndola mientras como algo. Me levanto y cambio al canal Claxon y veo a un hombre con túnica rosa, acento raro y voz de pito que dice algo sobre un ángel guardián. Me acurruco en el hueco del sofá y estiro el brazo para coger la bolsa de patatas fritas que dejé abierta anoche sobre mi mesita de Ikea. El hombre con voz de pito parece ser un vidente telefónico. Está atendiendo la llamada de una mujer y en la parte inferior de la pantalla hay un enorme faldón con un número 800.

–… cuando la paloma del amor se pose sobre tu cabesa. ¿Conoses a alguien que se llame Juan, querida?

–Pues… creo que no. ¿No podría ser Jesús, Maya Andino? –pregunta la mujer con voz temblorosa.

–Sí, amor. Es Jesús, no Juan. A veses los áheles vienen de dimensiones tan lehanas que no conosen bien nuestro santoral.

Oh, vaya. Ahora resulta que los áheles conocen a San Juan Bautista pero no conocen a Jesús de Nazaret. Pero qué morro… ¿Y qué leches quiere decir “cuando la paloma del amor se pose sobre tu cabesa”? ¿No será una mosca en el brazo? Menuda chorrada…

–Pues estate atenta, amor, porque la ayuda vendrá de la mano de un tal Jesús. Pero de todas formas, te recomiendo que pongas un calsetín usado de tu marido debajo de tu almohada. Esto te revelará mientras duermes por dónde ha andado durante el día.

–Gracias, Maya Andino. Haré lo que me dices –responde la mujer casi al borde de las lágrimas. Pero de repente se recupera como milagrosamente–. ¿Antes de colgar puedo saludar? Saludo a mi hijos y a mi vecina Cati que me estará oyen…

Pi, pi, pi…

–Vaya, se nos cortó la conesión. Espero que nuestra amiga tenga mucha suerte y para ello le envío desde aquí un buen puñado de rahios cósmicos. Siguiente llamada, compañeros. ¿Si?, ¿quien solisita la ayuda de los áheles? ¡No!, no me lo digas. Eres un hombre y te llamas Eustaquio, ¿verdad?

Claro, como que no se lo han chivado ya por el pinganillo. No me creo que los áheles conozcan a San Eustaquio si no conocen a Jesús. “Sí, hombre, ¡Eustaquio! Aquel que vive girando a la izquierda pasando la aurora boreal, ¿no te acuerdas? ¡El que nos invitó una vez a unas cañas!”, casi puedo oír comentar a los áheles. La verdad es que no sé cómo la gente se gasta el dinero en estas cosas. Todo lo que les dice el Maya Andino este se lo podría decir cualquiera, incluso yo. Solamente les dice lo que la pobre gente quiere oír. De hecho, es lo que hago yo continuamente en la peluquería y, además, no debe ser ni sano dormir con un calcetín sucio debajo de la almohada.

Me termino los últimos trozos de patatas fritas que quedan en el fondo de la bolsa levantando la cabeza y volcándomela directamente en la boca, lo que hace que se desparramen por todo el sofá y se llene de aceite. ¡Mierda! Bueno, no es para tanto, solo ha sido un accidente, me digo. Entonces cojo el Pronto y un boli de encima de la mesa y me pongo a hacer mi sopa de letras.

Y ya saben, queridos. Mi consulta de videntes siempre nesesita hente como tú. Si tienes el don y puedes comunicarte con los áheles o con los seres del más allá, llámanos y forma parte de nuestro equipo. Apunta, 5555 666 777. Te resibiremos con los brasos abiertos. Nos vemos mañana aquí a la misma hora en La Mano Amiga de Maya Andino. Que la fuersa del cosmo os acompañe. ¡Chaíto!

Al escuchar el mensaje de Maya Andino levanto la vista del Pronto y me quedo mirando la pantalla de la tele pensativa. ¿Cómo se le hace una entrevista de trabajo a un vidente? ¿Cómo pueden comprobar si realmente tienes un don? Rápidamente apunto el número de teléfono que acaba de dar el listo del calcetín. Sí, era fácil de memorizar, 5555 666 777. ¿Y si llamo mañana y digo que yo también puedo hablar con los áheles? ¿Podría hacerme pasar por vidente y trabajar en la consulta de Maya Andino por las tardes cuando salgo de la peluquería? ¿O los domingos? ¿O cuando encarte? Total, lo que hace este tío lo sé hacer yo con los ojos cerrados y necesito el dinero para la lavadora.

Sí, creo que lo voy a intentar… Te vas a enterar de lo bien que hablo yo con los áheles, rollero.

Pongo la alarma del móvil a las siete y media y me estiro más cómodamente en el sofá con mi manta de pelusilla violeta. Ya empieza a hacer fresco y aquí, con mi manta, en mi sofá, frente a la tele, me siento tan a gustito que no me apetece irme a dormir a mi cama. Aaah, esto es vida… sí, señor. Puedo oír levemente al abuelo Ramón cantando al son de uno de sus discos de Johnny Cash. Sé que está al otro lado de mi pared del salón y eso me reconforta. Además, ahora que tengo una misión que cumplir me siento mucho más contenta y con ganas de ir mañana a trabajar. Me voy durmiendo con el sonido de la televisión de fondo y, en algún momento de la noche, sueño que vuelo sobre el océano empujada por la brisa.

© Rosario Vila, 2014

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