Capítulo 1, Cuarta parte


…  Una vez en la calle respiro aliviada. La verdad es que no es tan sencillo ser peluquera. Todas las clientas te cuentan sus dramas y tú tienes que hacer como que te importan para que no se sientan mal. Lo cierto es que cuando era pequeña lo que quería era ser abogada, o juez… Porque me encantaba cuando en las películas pronunciaban el “¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”. Yo siempre me levantaba dando un salto del sofá y decía muy fuerte: “¡sí, lo juro!”. Pero entonces mi padre me miraba de reojo y me decía: “si, si… pues sería la primera vez…”. ¡Qué manera de robarle los sueños a una pobre niña ilusionada! ¿Es que este hombre nunca había oído hablar del método? ¿Y de las mentiras por compasión? ¿Y de los premios millonarios que te meten en el buzón? De verdad, ¡y que me lo dijera una persona que se hacía pasar por un ratón! Más tarde, ya de adolescente, empezó a gustarme el glamour de los salones de belleza y el poder que emanaban los estilistas. Me pasaba largas horas ojeando en el ¡Hola! los peinados de las famosas y hasta me grababa en vídeo los anuncios del estilista John Gueras. Veía a ese hombre como a un gurú de los tintes y me decía que si Dios se arreglaba la barba seguro que se la recortaba como él. Así que cuando terminé el instituto decidí que a la peluquería era realmente a lo que me quería dedicar, por lo que me saqué el título y he estado cortando, secando, peinando y haciendo mechas desde entonces.

Cruzo andando Plaza Cataluña a paso decidido y me paro en el paso de peatones esperando a que el semáforo se ponga en verde. Estoy solo a un par de manzanas del trabajo, pero en el último momento me lo pienso mejor y saco el móvil del bolso. Total, ya son casi las seis y no me apetece ir a trabajar para un par de horas.

–Pietro’s Hairdressers. ¿En qué puedo ayudarle?

–Hola, Rufi. ¿Está Pietro por ahí?

–¡Hey, Sara! Sí y hace un rato me ha preguntado por ti. Ahora te lo paso. Chao, nena.

Oigo a Pietro acercándose al mostrador mientras se queja de que todavía no me he presentado en la peluquería y al coger el teléfono oigo cómo masca chicle furiosamente.

–¿Y bien? ¿Qué hora es en la tierra de Eduardo Manostijeras? ¿Hay diferencia horaria allí, o qué?

Ja, jaja –me río para disimular–. Si algún día tengo que meterte un rollo para no ir a trabajar ya sé qué excusa inventarme. No, qué va. Tengo el reloj en hora española, Pedrín. Pero no te vas a creer lo que me ha pasado. ¿Recuerdas aquel ginecólogo del que te hablé?, ¿al que le dije que no podía reconocerme porque todavía era virgen el día que se me había olvidado la cita y llevaba puestas las bragas de Supercoco?

–Uh-hum.

–Bien, pues resulta que esta mañana mi ginecólogo de siempre no ha podido pasar visita y en su lugar estaba él. La cosa es que hemos empezado a hablar de la importancia de hacer un descanso durante la jornada de trabajo y de cómo una comida distendida con amigos puede evitar ataques al corazón. Total, que ha acabado invitándome a comer y yo no sabía si ir porque tenía que entrar a trabajar a las dos. Y pensé, ¿pero cómo no vas a ir a trabajar? La peluquería estará llena y Pietro no se merece bajo ningún concepto que lo dejes colgado. Pero, Pietro, es que me proponía comer en el Arts, ¿cómo iba a decirle que no? Después una cosa ha llevado a la otra y cuando me he querido dar cuenta ya eran las cinco. Lo siento –añado, aunque no es así en absoluto.

–En fin. Espero que al menos te lo hayas tirado. Y que sepas que te lo descontaré del sueldo.

–¿Qué?, ¡pero si me debes seiscientos euros! –le digo asombrada.

–¿Cómo dices, Macarena?, ¿que ya está aquí la Señora Avilés? –oigo decir a Pietro retirándose un poco el teléfono–. Sara, my darling. Mañana te veo a las nueve. Ya me contarás entonces la cita con más detalle.

Y tal como vino se fue. Y sé que lo de la Señora Avilés no es más que una excusa del muy liante. Conozco a Pietro desde hace tiempo y sé que gasta más de lo que tiene, así que tengo claro que solo me queda esperar hasta que su cuenta corriente se recupere. En el fondo Pietro no es mala persona. Tiene sus cosillas, como todos las tenemos, pero siempre se puede contar con él para hacerte un favor. Creo que su problema es que nunca pudo ser él mismo. No era demasiado fácil ser homosexual en los ochenta y los noventa y se ha acostumbrado a aparentar algo que no es. Por eso vive una vida que no se puede permitir y habla un idioma que no es el suyo. Necesita encajar como sea, pero, en mi opinión, de una manera equivocada. Porque ser un mentiroso debe ser agotador.

Me doy la vuelta y comienzo a pasear tranquilamente camino a casa. Está empezando a llover y la gente aligera el paso para no mojarse, pero a mí el agua no me importa. Me encanta sentir las gotas fresquitas cayéndome en los brazos. Los días ya han comenzado a hacerse cortos y las hojas de los árboles ya se han puesto de color marrón. Los turistas se hacen fotos en Las Ramblas como ajenos a la lluvia y los camareros de los bares recogen con prisa los servilleteros de las mesas de las terrazas. Me apoyo en un árbol para contemplar la escena con más tranquilidad. No todos los días puede una parase a mirar cómo transcurre la vida y si te paras a pensar, es tan maravilloso vivir en esta ciudad y ser parte de ella que, que…

¿Qué? ¿Se me acaba de cagar una paloma en toda la cara? ¡Mierda!, qué plasta tan grande. ¿Pero qué comen estos bichos?, ¿jamones?, me pregunto a mí misma asqueada.

Corro hacia una terraza y cojo rápidamente unas servilletas de una mesa segundos antes de que se las lleve el camarero, pero el muy rácano se enfada y me sujeta la mano antes de que pueda limpiarme.

–¡Eh!, ¡que esto no es un servicio público! –me grita.

–¡Bueno!, ¡no se irá a arruinar por unas míseras servilletas de papel! Espero que nunca se rompa usted una pierna delante de mí y que no haya nadie más para ayudarle, ¡que va a avisar a la ambulancia Perrins!

Menuda porquería de ciudad…

De hecho, la odio tanto que voy a coger el metro aunque estoy solo a dos manzanas de casa. El bullicio de Barcelona es insoportable y odio este clima cambiante del mes de octubre. ¡Nunca sabes si coger un paraguas o las gafas de sol cuando sales de casa y si no aciertas te pones chorreando!

El metro está hasta arriba de gente y mientras espero en el andén a que llegue se me acerca un hombre para pedirme dinero. Pero yo, como ya estoy un poco cansada de que me lo pidan un día sí y el otro también, ni corta ni perezosa lo envío a pedirle a una mujer con pinta de estar bien situada que está a unos metros de mí.

–Señor, no llevo dinero. Pero, ¿ve a esa señora de ahí?, ¿la del bolso verde? Pues precisamente acabo de oírle decir que ella nunca puede negarse a hacer una obra de caridad. Creo que es miembro de la Cruz Roja, ¿sabe? –le termino diciendo en un susurro.

El pobre hombre se dirige a ella, pero no sé si le acaba dando algo, porque disimuladamente me alejo hasta un punto donde ya no puedo verlo.

Vale, no he visto a la mujer del bolso verde abrir la boca, pero…

V.: ¿Qué le puede suponer darle a este pobre hombre un par de euros cuando lleva un bolso de piel de cocodrilo?

R.: Pues seguro que nada y solo por el hecho de llevar un pobre bicho que ahora mismo podría estar tomando el solecito en un pantano se merece esta pequeña trola. ¡He dicho!

Cuando llego a casa compruebo que realmente me había dejado la tele encendida esta mañana, así que aprovecho el descuido para tirarme directamente en el sofá en vez de poner una lavadora como debería hacer. Están repitiendo por millonésima vez El juego de tu vida, concurso que nunca entenderé. Porque, ¿qué sentido tiene mentir cuando sabes que si lo haces no te llevas ni un duro? Se pasan todo el concurso contestando con sinceridad a cientos de preguntas que harían ruborizarse a Jorge Javier Vázquez y cuando llega el momento de ganar pasta gansa se cortan. ¡Que digan la verdad, por favor! Menudo rollo de programa… Y encima no puedo cambiar de canal porque el mando se ha quedado sin pilas.

Decido que si no tengo más remedio que levantarme para cambiarlo, pues que ya, de paso, debería poner la lavadora.

Sí, allá voy, me digo convencida.

Entro al cuarto de baño con resolución y empiezo a separar la ropa sucia de la cesta por colores. Cuando ya lo tengo todo listo, miro los montones con orgullo y me decido por empezar a lavar la ropa de color.

Bien hecho, Sara. Aunque te hayas pasado prácticamente todo el día ganduleando tú nunca reniegas de tus responsabilidades, me dice Pepe, mi amigo imaginario de la infancia, que estaba esperándome sentado encima de la lavadora.

Sí, ya soy muy mayor para esto, lo sé. Pero es que le tengo cariño y no me veo capaz de decirle que se busque otro piso, el tema del alquiler está fatal en Barcelona. De todas formas, Pepe me ayuda a decidir cosas importantes desde que era pequeña, como qué ponerme o con quién quedar y la verdad es que hace más compañía que un canario. El último que tuve murió atragantado con una aceituna y todavía no lo he podido superar. Yo pensé que podría pelarla como hacía con las pipas, pero parece ser que ese pobre animalillo nunca había visto un olivo y no sabía lo que se estaba comiendo.

Pobre Jinklins, que en paz descanse, Pepe, le digo a mi amigo santiguándome.

Cargo la lavadora canturreando en honor a Jinklins. Meto el detergente. La enciendo. Pero no arranca. Ni coge agua. Ni nada de nada. ¿Y si la desenchufo y la vuelvo a enchufar?, porque si es eso lo que se hace con el router cuando no funciona Internet a la lavadora también le debe ir bien, ¿no?

Pues no…

Pues esto no funciona…

Pues recuerdo que el técnico ya me dijo la última vez que debería comprarme otra.

Si, claro… el técnico se piensa que trabajo en la fábrica del timbre y la moneda, ¿no te jod…?

Pues sí. Ahora que lo pienso, creo que algo así le comenté.

© Rosario Vila, 2014

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