Capítulo 1, Tercera parte


… –¡Señora De Silva! Cada día está usted más guapa. ¿No se habrá echado un novio cubano en sus últimas vacaciones? Lo que no me extrañaría nada, porque dicen que el amor rejuvenece, ¡y parece usted una adolescente! –le digo fingiendo asombro y esperando que mi alabanza desvíe la conversación sobre mi ausencia del trabajo.
–¿De verdad? ¡Muchas gracias, Sara! Bueno, la verdad es que no eres la primera que me lo dice esta semana. Lo cierto es que llamé el otro día a uno de esos videntes telefónicos y me dijo que por el color de mi aura no podía tener más de treinta y cinco. Verás, resulta que el domingo por la noche estaba viendo la tele y… bla, bla, bla… y me dije, ¡pues, por qué no!… bla, bla, bla…

Ya es oficial. Conversación desviada a causa de monólogo.

–… de modo que llamé y… bla,bla,bla…

¡Jesús! O como diría Pietro, “¡Oh, my God!”. Esta mujer es una metralleta. Ahora que veo ese sándwich, no sé si apagué la tele esta mañana. Recuerdo haber cogido el bolso mientras escuchaba hablar al hombre del pelo blanco y encrespado que sale en el anuncio del Pan Bimbo, pero no recuerdo haberle dado al mando para apagarla… Por cierto, ¿es eso tarta de queso? Vaya, qué pinta tiene…

–… me ha asegurado que voy a conocer al amor de mi vida muy pronto y… bla, bla, bla…

¿De qué hablaba hoy el de Redes? Sí… creo que era algo sobre la percepción de la belleza según la biología. Menudo rollo… ¿Qué sabrán los biólogos de peinados y estética? Hoy en día cualquiera puede hablar de cualquier cosa. ¡Y encima lo repiten por la mañana! ¡Toma ya!, doble dosis de mier…

–¿No, Sara?
–¿Si? –contesto con una sonrisa inocente.
–Que si crees que debería volver a llamar y preguntarlo. Estos videntes telefónicos del canal Claxon cobran más que un cirujano plástico, ¡pero se merecen hasta el último euro! ¡El otro día le acertaron a una mujer que llamó hasta dos de los números de su DNI!
–¡Claro!, hace bien. Debería llamar –me aventuro a contestar. No es que tenga mucha idea de lo que me está preguntando, pero conociendo a esta mujer seguro que tiene que ver con hombres o fiestas y lo de los videntes es un monotema al que ya me tiene acostumbrada.
–Sara, ¿pero cuántas veces tengo que decirte que no me trates de usted? Me haces más mayor de lo que soy. ¡Y todavía ni se me ha retirado el periodo!

Oh, vaya. Ahora me dirá que hasta lleva puesto un Tampax. Aunque tiene razón. No en lo del periodo, o eso creo, porque la verdad es que no tengo forma de probarlo. Pero nunca he querido llamarla por su nombre de pila para evitar este tipo de confianzas con ella. Aunque tampoco es que funcione no tutearla, así que… ¡Mierda!, ahora que lo pienso me siento un poco mal. Ella está aquí contándome lo que en su mundo de rica, barra, ociosa, guión, operada, debe ser de lo más crucial y yo pensando en el Pan Bimbo. Si casi se le saltan las lágrimas por la emoción. La pobre mujer no conoce otra cosa y, además, seguro que se siente muy sola. Desde que su exmarido le dejó el chalé y se llevó a Puchi, su chihuahua y el único que aguanta sus conversaciones, se pasa la vida de vidente en vidente. Dice que necesita que la guíen espiritualmente, sea lo que sea lo que eso signifique.

–Es verdad, Julia. ¡Perdona!, pero eres tan elegante y tienes tanta clase que muchas veces me parece que estoy hablando con Rania de Jordania –miento yo sin aplicar el método.

Pero esta “no verdad” es de las de agradecimiento. Lo cierto es que Juliaforeveryoung siempre me deja buenas propinas e incluso a veces me defiende cuando Pietro me llama Eduardo Manostijeras. Resulta que de adolescente llevé el pelo a lo Robert Smith, el cantante de The Cure, aunque ya estaba pasado de moda. Y no se me ocurrió otra cosa que enseñarle las fotos de mi antiguo look una noche que vino con mis compañeros de trabajo, Macarena y Rufi, a cenar a casa. Me tendría que haber deshecho de esas fotos, los álbumes de fotos de la adolescencia los carga el Diablo.

–Pues sí, realmente creo que deberías llamar. No tienes nada que perder y así puedes adelantarte a los acontecimientos –añado tanteando el terreno de la forma más neutral posible para no meter la pata.
–Seguiré tu consejo –dice Juliaforeveryoung. Y de repente baja la voz como si me fuera a contar un secreto de Estado–. Ese vidente tan bueno, Maya Andino, me dijo que el amor de mi vida tiene relación con el agua. ¿Qué crees que puede significar eso, Sara? ¿Que tiene un yate? ¿O quizá que es el director de un spa?
–Pues… no sé. Quizá, ¿que vive en otro continente y que hay un océano en medio de vosotros dos?

Realmente, podría significar cualquier cosa. ¿Qué clase de pista es esa, de todos modos?
Ya, claro, una que siempre puede funcionar de una manera u otra. Si el horóscopo de su siguiente ligue es un signo de agua habrá acertado. Si nació en cualquier ciudad de la costa, también. Si le gusta la playa, pues también.

–Sí, yo creo que va a ser eso, Julia. Seguro que lo conoces en tu próximo viaje. ¿No tenías pensado ir a Nueva York a visitar a tu hermana?
–Claro… eso es. Seguro que tienes razón –dice como si le acabara de llegar una revelación–. Ya puedo incluso verlo… Yo estaré patinando en Rockefeller Center y el amor de mi vida se me acercará como atraído por una fuerza misteriosa. Patinará unos metros a mi lado y me dirá con voz profunda y sexy: “se desliza usted con una gracia inusitada, Mademoiselle, pero sus delicadas mejillas se ven muy sonrojadas. ¿Le gustaría que parásemos y nos tomáramos unos Martinis?”.

Perfecto. Juliaforeveryoung ya tiene una misión y el tema de mi ausencia del trabajo ya está enterrado para siempre bajo sus extensiones de pelo. Lo que me da vía libre para planear una escapada rápida sin mucho esfuerzo.

–Bueno, Julia. Me sabe muy mal, pero tengo que irme. Tengo visita con el ginecólogo y ya sabes cómo te hacen esperar los médicos si se te pasa la hora. Ya puedes ir planeando la ropa que te vas a llevar a Nueva York, ¡que el amor de tu vida no se conoce todos los días!
–Oh, ¿ya te vas? –dice Juliaforeveryoung con semblante triste–. Pues sí. Creo que es lo que haré. Aunque ahora sin los trajecitos de Puchi me puedo llevar todo lo que quiera en la maleta. ¡No sabes cuántos collares y modelitos necesita para viajar una criatura tan delicada como él! Una vez se me olvidó meter en la maleta sus botitas de agua y no paró de llover en tres días. ¡Se resfrió y tuve que llevarlo al veterinario porque pensaba que había cogido el moquillo! Pero bueno, no te entretengo más. Nos vemos el sábado en la peluquería, cariño. Es que se me ha hecho una onda en la nuca por la humedad y ya sabes que no las soporto.
–Sí, ¡dichosas ondas! ¿No tenemos suficiente las mujeres con que se nos rompan las uñas que también tenemos que soportar que el pelo se nos ondule con la humedad? Por Dios… –exclamo con fingida empatía poniendo los ojos en blanco–. Me alegro de que nos hayamos encontrado. El sábado me cuentas qué más averiguas sobre tu futuro. ¡Aunque no sé si podré aguantar hasta entonces! –añado mientras cruzo los dedos detrás de la espalda como medida contra represalias celestiales. Hoy ya he soltado unas cuantas y no me quiero arriesgar. Y seguidamente me alejo a paso ligero entre las mesas de la cafetería sin parar de agitar la mano a modo de despedida…

© Rosario Vila, 2014

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