Capítulo 1, Segunda parte


… A partir de ese momento se puede decir que todo vino rodado. A fuerza de mucho practicar, me di cuenta de que no era necesario pasar momentos incómodos gracias a decir, digamos… “no verdades”. En vez de mirar de reojo a mi profesor de matemáticas cuando no hacía los deberes observé que era más efectivo poner cara de interés y hacer como si los corrigiera. Cuando fui creciendo me inventaba novios moteros que me invitaban a salir cuando alguna amiga presumía de sus nuevas zapatillas de deporte Adidas y cuando alguien me refregaba sus buenas notas yo le hablaba en un idioma inventado que había aprendido durante mis vacaciones en un país llamado “Grindimer”. Mentir se convirtió en una costumbre que cultivé casi sin querer durante mi infancia y toda mi adolescencia, costumbre que domino hoy en día a la perfección.

De todas maneras, tampoco es que lo haga con maldad. No creo que sea tan grave mentir por compasión o porque de otra manera no te valoran tanto como te mereces, ¿no? Al menos, eso creo que me quiso enseñar mi madre. Además, lo que yo suelo hacer es analizar la pertinencia de la supuesta “no verdad”. Aplico el método de la Verdad vs. Realidad. Y funciona, al menos a nivel de justificación personal. Yo me digo, por ejemplo…

V.: ¿Qué diferencia hay entre una persona que dice conocer a Ashton Kutcher y otra que no?

R.: Desde un punto de vista fisiológico ninguna, pero milagrosamente serás el centro de toda las fiestas si dices que lo conoces.

Pues entonces, ¿para qué admitir que no te codeas con las estrellas? No tendría sentido.

V.: ¿De cuántas entrevistas de trabajo te llamarán si pones en tu currículo que has trabajado en una peluquería del Soho de Nueva York en vez de en una en Horta?

R.: De cientos, porque lo americano es lo más y una peluquería que se llame Paqui García es lo peor según una regla no escrita.

Pues si se puede usar una regla que no está publicada en ningún Boletín del Estado yo también puedo decir que trabajé en el Soho, y me quedo tan ancha.

V.: ¿Qué mal puede hacer decirle a una amiga que el vestido que se está probando le sienta bien?

R.: Ninguno, porque los psicólogos dicen que somos lo que proyectamos. Si la amiga en cuestión se imagina más guapa entonces todo el mundo la verá así, ¿no? Es cuestión de sentido común.

Así que el método de la Verdad vs. Realidad es mi guía para moverme entre los que viven para aparentar. Y los que se creen con derecho a decir lo que piensan de ti porque valoran la sinceridad por encima de todo. Y los que son extremadamente sensibles a las críticas. Y los que no me dan lo que pienso que me merezco justamente. Bueno, y también lo uso cuando quiero salir de un lío en el que yo misma me he metido, ¡sí! Pero en mi defensa diré que siempre aplico el método convenientemente. Me pregunto…

V.: ¿Qué hay de malo en mentir para cubrir otra mentira?

R.: Nada. El daño ya está hecho.

Lo que me recuerda que ayer me marqué un Verdad vs. Realidad para tener la mañana libre en el trabajo y ya debería haber aparecido por allí. El caso es que tengo un vecino en mi mismo rellano que vive solo como yo: el abuelo Ramón. El abuelo Ramón es viudo desde hace muchos años y como sus hijos viven en Madrid pasa la mayor parte del tiempo solo o paseando por el Raval. Es un coleccionista del Rock ‘n’ Roll de los cincuenta y su piso es como un museo de la época. Su salón está lleno de fotos de todos sus ídolos y tiene una colección de discos tan grande que una parte se la tengo guardada yo en mi casa. El abuelo Ramón es un tanto peculiar, así que todo el barrio lo conoce y le tiene cariño. Suele vestir con un traje chaqueta entallado a rayas y aunque solo le quedan unos cuantos pelos blancos se peina con lo que pretende ser un tupé. El tema es que el abuelo Ramón estaba loco por hacerse un tatuaje desde hace tiempo, pero como tiene mal la tensión le daba miedo ir solo por si se mareaba. Así que me preguntó si podía acompañarlo una mañana, por lo que me inventé una visita al ginecólogo como excusa para faltar al trabajo y allá que hemos ido los dos. Y ha sido muy divertido, se ha puesto tan contento cuando ha visto su Pin-Up terminada que se ha empeñado en invitarme a comer. No paraba de decir: “¡Sara!, ¡verás cuando me vea el brazo la sieso de mi nuera, se le va a cortar la leche!”. Sí, el abuelo Ramón tiene un nuevo nieto que, por cierto, todavía no conoce. Porque su hijo parece ser que no tiene unas horas para venir a buscarlo y llevárselo en el AVE. De hecho, creo que ya hace más de un año que ningún familiar viene a verlo.

Pero aplicar el método en este caso no ha sido casi necesario, porque Pietro, mi jefe, me debe horas extraordinarias desde hace meses. Pietro, que en realidad se llama Pedro y nació en Barbate, es un personaje al que cualquier palabra en inglés le suena mejor que en español. Por ejemplo, Pietro nunca le dice a una clienta: “este peinado te sienta genial”. En el “idioma Pietro” eso se traduce a “¡te queda so cool!”. Lo que nunca he entendido, porque muchas de nuestras clientas como la Señora Costa no tienen ni idea de lo que dice la mayor parte tiempo. Entre otras cosas porque es medio sorda y le cuesta bastante entender hasta el español. Pero en fin, cada uno es como es… Lo que me hace llegar a la conclusión de que si Pietro puede decir que todas esas horas que pasa en su despacho está repasando la contabilidad, yo también puedo decir que al autobús que me llevaba al trabajo se le ha pinchado una rueda. O no… mejor aún, le contaré que el ginecólogo me ha invitado a comer mientras me hacía la citología esta mañana. Eso le encantará, sí. En el fondo Pietro siempre ha sido un romántico. Tampoco es que importe decir otra “no verdad”, ni siquiera he estado en el ginecólogo esta mañana, así que el daño ya estaría hecho, ¿no? Pues eso. Sí, señor. Le pido otro café al camarero y me hago la sopa de letras del Pronto.

–¡Yuhu, Sara! ¿Qué haces por aquí a estas horas? ¿Tiene Pietro hoy la peluquería cerrada?

Oooh, no ¿A que me pillan? La Señora De Silva, o Juliaforeveryoung, como la llamamos secretamente en la peluquería, se acerca haciendo aspavientos a mi mesa del bar con lo que intenta ser una amplia sonrisa. La Señora De Silva, alias, Juliaforeveryoung, ya no puede sonreír a causa de tantas operaciones de cirugía estética. Lo que me dio licencia para decirle que tengo veintidós años cuando en realidad ya tengo casi treinta. Si ella pretende aparentar que tiene cuarenta cuando debe de tener cincuenta y pico, ¿por qué no puedo yo decir que tengo veintidós cuando en realidad los aparento? No sería lógico…

© Rosario Vila, 2014

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