Capítulo 1, Primera parte


La primera vez que recuerdo haber mentido fue cuando tenía seis años. Mi madre me había llevado a casa de una nueva vecina donde se iba a celebrar una reunión de Avon. Había faltado al colegio para ir al médico, así que no tuvo más remedio que ir conmigo si no se la quería perder. En un principio todo discurría con normalidad. Algunas señoras se probaban en el dorso de la mano nuevos tonos de barra de labios. Otras se ponían gotas de perfume en las muñecas y las más atrevidas se probaban saltos de cama ante las risitas escandalizadas de algunas de las presentes. Hasta que entre geles y cremas hidratantes llegó el momento que cambió mi vida para siempre.

–¿Qué tomará la nena?, ¿quieres merendar algo, cariño? –me preguntó la anfitriona de la reunión. Yo miré a mi madre buscando su aprobación y al verla asentir con la cabeza contesté tímidamente que sí. Recuerdo que se me había caído un diente y me daba vergüenza que se me viera la mella, así que en aquel momento no quise abrir mucho la boca para que el mundo no descubriera que me había convertido en la hija secreta de Pozí–. ¡Tengo en la nevera una tarta de almendra que te va a encantar! –me dijo entusiasmada mi vecina.

La amable mujer se fue meneando el trasero alegremente y volvió de la cocina con un trozo de tarta para mí. A simple vista tenía buen aspecto, pero cuando me metí en la boca el primer trozo me di cuenta enseguida de lo seca que estaba. Después de conseguir despegarme la primera bola de miga seca del paladar y de tragármela con mucho esfuerzo, tiré a mi madre del jersey y le dije:

–Mamá, ¡esta tarta no me gusta!

¡Shhh! ¡No seas desagradecida!, ¡no será para tanto! Trágatela sin pensar y dale las gracias a la señora –me ordenó ella susurrando.

Como pude me la fui comiendo. Quería pedir leche para ayudarla a bajar, pero entonces pensé que si lo hacía mi vecina se daría cuenta, como por arte de magia, de lo que realmente pensaba de su tarta. Había experimentado varias veces cómo mi profesor de matemáticas sabía que no había hecho los deberes solo con verme mirarle de reojo temblorosa, así que no quise correr el riesgo y ganarme un pellizco de mi madre.

Cuando todas las mujeres terminaron de hacer sus pedidos de cremas y demás productos de belleza conseguí comerme el último trozo. Mi vecina se acercó a mí y entonces mi madre me dio disimuladamente un pequeño tirón de la coleta.

Bmuchas pgracias por la frarta, feñora. Estabfa muy fbuena –dije yo con la boca más seca que la toalla de un hippy al captar la señal amenazante de mi madre.

–No hay de qué, cariño. ¡Qué niña tan mona y tan educada tienes, Carmen!

Al salir de la reunión mi madre me dio una pequeña charla sobre buenas maneras, la cual, parece ser, me caló hondo. Me explicó que a veces hay que mentir para ser educados. Que en ciertas circunstancias es mejor no decir la verdad para no herir los sentimientos de las personas y que en algunos casos una mentira es lo que la gente espera de nosotros. Yo rechisté diciendo que ella siempre me regañaba cuando le mentía y que si no podía engañarle a ella no veía por qué se lo tenía que hacer a gente que no conocía. Entonces mi madre que, por cierto, nunca ha destacado por su tacto, me hizo una revelación por la que le dejé de hablar hasta que tuve que pedirle la paga semanal unas horas más tarde.

–Verás, Sara, te contaré algo para que lo entiendas mejor. ¿Recuerdas que la semana pasada vino el Ratoncito Pérez mientras dormías y te dejó cinco duros debajo de la almohada?

–Sí, ¿por qué lo dices, mamá? ¿Te ha dicho que se los devuelva? ¡Pero mamá, si los había dejado para mí! –empecé a quejarme con un nudo en la garganta.

–No, no es eso. Mira, Sara, el Ratoncito Pérez no es un animalillo peludo, ni viste con un gorro y un chaleco, ni tampoco puede saber cuándo se le caen los dientes a todos los niños del mundo… Sara, el Ratoncito Pérez no existe. Tu padre se levanta cuando te duermes y te deja el dinero debajo de la almohada, ¿comprendes? Es una mentira que los padres os decimos a los niños para que seáis felices.

–Mamá, no puede ser –le dije llorando–. Entonces, ¿dónde está mi diente? Tú me dijiste que el Ratoncito Pérez se lo llevaba a su taller para hacerlo más grande y que dentro de poco me lo devolvería –le pregunté angustiada al pensar que me iba a quedar mellada toda la vida.

–Sara, no hay ningún taller. El diente te crecerá solo, ya lo verás. Dentro de unas semanas, cuando tu padre se haga pasar por Papá Noel, ya lo tendrás otra vez –me contestó mi madre acariciándome la cabeza para consolarme.

–¿Por qué se va a hacer papá pasar por Papá Noel? ¿No puede venir él en persona estas Navidades? –le pregunté faltándome el aire.

–Sara, lo de Papá Noel también es mentira. Es solo una manera de ganar tiempo hasta el día de Reyes, cuando vamos a buscar tus regalos a la tienda y te decimos que los han traído ellos mismos desde Oriente.

Se acabó. Esto debe ser el fin del mundo ese del que hablan en la tele, pensé horrorizada.

No fue una experiencia para nada agradable pero, como consuelo, parece ser que mi obligada mentira causó muy buena impresión a la nueva vecina; la anfitriona de la reunión de Avon. Desde entonces, cada vez que me la cruzaba por la escalera me daba golosinas y me hacía carantoñas, como si fuera la niña mellada más buena del barrio. Esto de mentir es un chollo, me dije asombrada, y además de la recompensa que conlleva parece ser que pone a la gente muy contenta…

© Rosario Vila, 2014

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